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Walter Kutschmann. Un criminal de guerra
nazi |
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escondido y descubierto en Miramar. |
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Walter Kutschmann nazi
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miramar Walter Kutschmann |
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Mariano Magnussen Saffer (2008). Colaborador del Museo
Municipal “Punta Hermengo” de Miramar.
marianomagnussen@yahoo.com.ar
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Walter Kutschmann nazi
argentina miramar Walter Kutschmann nazi argentina
miramar Walter Kutschman |
“Walter Kutschmann, criminal de guerra nazi acusado de haber
dado muerte a unos dos mil judíos polacos durante la ocupación
nazi de Polonia, fue descubierto recientemente en el balneario
de Miramar, sobre la costa atlántica argentina, a unos 450
kilómetros de Buenos Aires. El criminal de guerra, que militó en
las filas de las SS, la policía política militarizada del
partido nazi alemán, se ocultaba bajo el nombre de Pedro Olmo y
admitió ante reporteros del diario bonaerense Clarin que
llegó a Buenos Aires nada más finalizar la guerra mundial”,
”Aseguró también que en la actualidad estaba jubilado.
Kutschmann fue denunciado en Viena por el cazanazis Simón,
Wiesenthal, el hombre que desde el fin de la guerra se ha
dedicado a capturar a los más conocidos criminales de la
Alemania hitleriana”, - publico en un titular de tapa el diario
“El País” de España el 3 de Marzo de 1983.
Latinoamérica, fue refugio de muchos oficiales
nazis después de la II Guerra Mundial, se han producido
también incidentes antisemitas. Algunas de las manifestaciones
más graves tuvieron lugar con ocasión de la detención en
Argentina de Adolf Eichmann por los servicios secretos
israelíes en 1960. Eichmann fue juzgado en Jerusalén por
crímenes contra los judíos y condenado a muerte.
Desde que se tuvo la evidencia de que altos oficiales e
ideólogos de la "solución final" residían en la Argentina, se
publicaron numerosas notas y entrevistas a autorizados
representantes de la política y la cultura, en tono de
advertencia y denuncia. La difusión de estas cuestiones alcanzó
gran auge ante la difícil y costosa operación organizada para
secuestrar a Adolf Eichmann, sin el conocimiento oficial de las
autoridades argentinas, con el fin de juzgarlo en Israel. Hubo
también, en determinado momento, un desborde sensacionalista
relacionado con la presunta presencia del mismo Hitler en
nuestro territorio.
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Pero hasta ahora no se habían reunido en forma
sistemática las evidencias de esas maniobras que
comenzaban en suelo europeo y concluían muchas veces con
la total impunidad de los criminales.
Uki Goñi realizó esa tarea, basándose en importantes
repositorios nacionales y extranjeros. Además mantuvo
entrevistas con personas implicadas y exploró una amplia
bibliografía. |
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<<<<<< Se han encontrado
cientos de evidencias de nazis refugiados en Argentina,
e incluso actos públicos. En esta imagen, se observa un
encuentro de Nazi en la ciudad de Bariloche. En el fondo
de la imagen, se observa la bandera Argentina.
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Desde la llegada a Madrid de agentes del servicio secreto de
Himmler, en 1944, con el propósito de abrir el camino de la fuga
de Alemania a los implicados en abominables matanzas. Dos años
más tarde, las bases de la operación se trasladaron a Buenos
Aires, donde pudieron expandirse gracias al apoyo del gobierno
surgido de la revolución de 1943.
Esperemos que algún día, no lejano, el Vaticano y la Argentina
abran sus archivos secretos sobre la posguerra, para cerrar
documentalmente esta historia. La apertura de los archivos del
Vaticano se hace conforme a normas que habilitan su rico
contenido a medida que pasa el tiempo. Es de esperar que en la
Argentina los papeles no hayan desaparecido, como tantos otros
referentes a episodios ocurridos.
Así
encontró la revista GENTE a Walter Kutschmann en Miramar, uno de
los criminales nazis más buscados del mundo.
Editorial Atlántida acaba de publicar el libro Nazis en las
Sombras – Siete Historias Secretas, de su redactor jefe Alfredo
Serra, que con un grupo de cronistas y fotógrafos logró
encontrar a Walter Kutschmann en la ciudad de Miramar (Provincia
de Buenos Aires) en 1975. A continuación recuperamos parte de lo
publicado y transcribimos la cronología de la búsqueda y
hallazgo.
Buenos
Aires, viernes 27 de junio de 1975, siete de la mañana. Mientras
hablamos alrededor de una vieja mesa de redacción, en la oficina
del jefe de la Policía Federal hay pruebas concretas de que el
ciudadano Pedro Ricardo Olmo, súbdito argentino, es el criminal
de guerra Walter Kutschmann, llamado El carnicero de Riga.
Nacido en Dresden el 24 de abril de 1914.
Miembro del partido nazi número 7.475.729, y oficial SS NR
404.651. Acusado, entre otros cargos, de fusilar a 38 civiles
polacos (20 profesores universitarios y sus familias) en las
colinas de Wulencka, Ucrania, el 28 de abril de 1941: su primera
misión, su bluttorden (bautismo de sangre). Hizo fusilar también
a los dos ucranianos que cavaron la fosa, para que no quedaran
testigos. Luego lo destinaron a la Sección de Asuntos Judíos de
la Gestapo en Tarnopol, y jefe de la Gestapo en Brzezany. Hacia
el final de la guerra huyó a Francia, y en la víspera del
derrumbe del Tercer Reich, escapó primero a España y más tarde a
la Argentina. Era un desertor, pero la organización Odessa nunca
lo supo, de modo que en lugar de la condena o el desprecio, le
entregó documentos falsos y bastante dinero. Odessa, cuyo jefe
visible y confeso en América del Sur es el nazi Klaus Altmann
(nombre de guerra, Barbie).
Convertido en Pedro Ricardo Olmo, llegó a Buenos Aires en 1947 y
trabajó años en un escritorio del segundo piso de Bernardo de
Irigoyen 330: empresa Osram, sección Compras, ocupado en precios
de lámparas eléctricas, filamentos de tungsteno y cajas de
cartón. Los porteros y ascensoristas lo recuerdan como “un
hombre que jamás saludaba, orgulloso y poco amable, que todos
los días llegaba puntualmente y se iba puntualmente
zambulléndose en la boca del subterráneo…”. Además, en los
28 años siguientes, se vinculó con círculos culturales de la
comunidad israelita. Un disfraz casi perfecto.
SABADO 28 DE JUNIO. Fue la última vez que lo vieron. Llegó
temprano a su oficina, acompañado por cinco hombres que hablaban
con fuerte acento alemán, admitió que era Walter Kutschmann,
negó ser criminal de guerra, y desapareció. Destino probable:
Paraguay.
DOMINGO 29 DE JUNIO. Un día en blanco. Ninguna noticia nueva
desde Viena. Ni rastros de Kutschmann en la ciudad. Una versión
asegura que estuvo detenido, pero la Policía Federal no lo niega
ni lo confirma. La empresa Osram se aferra a su primera (y
única) información: “El señor Pedro Ricardo Olmo fue licenciado
hasta que se aclare su situación”. Desde Viena, Simón Wiesenthal
asegura que “Walter Kutschmann le confesó a Harry Dauttor,
gerente de la filial Buenos Aires de Osram, que era alemán, pero
negó ser responsable de los crímenes de guerra”.
MIERCOLES 2 DE JULIO. Intentó tres comunicaciones telefónicas
con el Centro de Documentación Judía y su jefe, Simón Wiesenthal.
Nada. No es posible dar con él. Tampoco da resultado una larga
conversación telefónica con la embajada israelí en Viena. En
Buenos Aires, entretanto, el encargado de la cochera del
edificio donde funciona Osram declara, mientras mira la
fotografía de Kutschmann: “No. Nunca en mi vida lo vi. Que
yo recuerde, no guardaba un coche aquí. Pero el personal
directivo los guarda en el tercer subsuelo, y baja directamente
por el ascensor. Es imposible verlos”.
JUEVES 3 DE JULIO. La casa está en el barrio de Belgrano R. Es
grande, gris, maciza. Está vacía. Aquí vivió, hace un tiempo,
Olmo-Kutschmann. Los vecinos lo recuerdan como “un hombre
impenetrable. Siempre vestido de traje oscuro. A veces, con saco
azul y pantalón gris. Salía muy temprano, casi siempre a pie, y
volvía bastante tarde. Nunca saludaba. Jamás logramos cambiar
una palabra con él ni con su mujer. Recibía pocas visitas. No
sabemos si compró la casa, o la alquilaba. Vivió allí durante
dos años, más o menos…”. A lo largo de sus 28 años en la
Argentina, Kutschmann cambió varias veces de casa, y jamás vivió
mucho tiempo en la misma zona. En sus tarjetas no figuraba su
dirección particular. Su nombre no estaba en la guía telefónica.
Fue, siempre, un hombre sin huellas.
SEIS MESES DESPUÉS. Todos los caminos hacia Walter Kutschmann se
me habían cerrado. Tanto que, ante la estéril búsqueda, relevé a
los cronistas, agotados a fuerza de golpear puertas que no se
abrieron y de recorrer en vano oficinas policiales y judiciales.
Sólo conseguimos un dato nuevo: Pedro Ricardo Olmo era el nombre
de un religioso español ya muerto. Una treta de Odessa.
Sin embargo, seis meses después, hacia el final de una sofocante
tarde de jueves –treinta y cinco grados a la sombra– y mientras
cerraba mi oficina, recibí una visita inesperada. Desde la
recepción me informaron que “un hombre quiere verlo, pero se
negó a dar su nombre. ¿Va a recibirlo?”. Estuve a punto de decir
que no. Entre otras cosas, porque era 1975, el terrorismo estaba
en auge, y la amenaza o el disparo podían llegar desde
cualquiera de los dos frentes: guerrilla o Triple A. Pero corrí
el riesgo: –Está bien, que suba al tercer piso.
El EXTRAÑO VISITANTE. Lo recibí en el hall del tercer piso,
inundado por la cruda luz de verano apenas moderada por la
antigua claraboya de vitraux del centenario edificio de
Atlántida. Nos saludamos. El hombre tenía unos 35 años, era
magro, y vestía un traje claro de perfecto corte.
–¿Quién es usted?
–Soy un industrial textil de Junín.
–¿Su nombre?
–No importa. Pero tengo una información que puede interesarle.
–¿De qué tipo?
–Criminales nazis: un tema del que usted viene ocupándose hace
tiempo. He leído sus notas.
–Dígame.
–Puedo ayudarlo a encontrar a Walter Kutschmann.
–¿Cómo?
–Con algunas pistas.
–¿Pistas seguras?
–Muy seguras, sí…
–¿Qué interés especial tiene en que encuentre a Kutschmann?
–Me reservo la respuesta. Compréndame.
–Bien. Deme los datos, y veremos qué pasa.
–Pero no quiero regalar esa información: quiero venderla.
–No estoy autorizado para pagar información. Tengo que
consultarlo con mi jefe, pero ya se fue. Además, antes necesito
saber algo concreto: no podemos pagar en el aire.
–Comprendo. Pero la suma que quiero no es mucha. Creo que no
necesita consultar a nadie.
–¿Cuánto quiere?
–Un peso.
–No estoy para bromas. No me haga perder el tiempo.
–No es una broma. Quiero un peso, un peso moneda nacional.
Metí la mano en el bolsillo y saqué un peso.
–Tome. Lo escucho.
–No, no… Quiero cobrar ese peso con una operación formal. En la
caja, y con recibo. Bajamos a la caja, que estaba a punto de
cerrar. Le expliqué el caso al cajero; que, asombrado, concretó
la operación. Ni siquiera leí el nombre al pie del recibo,
porque sin duda era falso. Volvimos al tercer piso.
–Espero los datos.
–Lo va a encontrar en Miramar. Vive allí. Tiene un Mercedes Benz
gris del año cincuenta. Es el único que hay en Miramar. Su
departamento está en un edificio pegado al mar. Vaya pronto, y
que tenga suerte.
Me dio la mano y no esperó el ascensor; bajó, a saltos, por la
escalera. Un peso. Un criminal nazi vendido por un peso. Borges
no escribió ese cuento, pero lo hubiera celebrado.
CARA A CARA. Esa tarde metí cuatro trapos en una trajinada
valija, lo llamé a Ricardo Alfieri (hijo), excepcional
fotógrafo, y trepamos a un tren hacia Mar del Plata. Llegamos a
Miramar a medianoche, recorrimos las calles mojadas y oscuras
hasta encontrar “el edificio pegado al mar”, y nos
alojamos en un hotelito de esa misma cuadra sin denunciar
nuestra profesión en la ficha de ingreso. El hotelero se rascó
la cabeza, perplejo, cuando nos vio salir, con aire de
despreocupados veraneantes, a las siete de la mañana. Ese “queremos
aprovechar la playa desde temprano” que le solté no sonó muy
real, pero no se me ocurrió nada mejor. Afuera, sol, viento, y a
pesar de enero, frío. Nos instalamos en la explanada que baja a
la playa y esperamos.
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Las siete y media, las ocho, las nueve, las diez. Una
mujer, inquieta y nerviosa, pasó tres veces delante
nuestro. Las dos primeras, en bicicleta y con un ancho
vestido azul; la última, en auto y con un vestido verde.
No había duda: sospechaba de nosotros. Empezaron a
mirarnos desde todas las ventanas. Alfieri ocultó su
teleobjetivo de 300 milímetros. Con olor a fracaso,
levantamos la guardia. Hablamos, lo más sutilmente
posible, con dos o tres vecinos. Sí, Pedro Ricardo Olmo
vivía allí. Dueño de un departamento en el tercer piso,
hacía quince años que pasaba aquí el verano junto a su
mujer, norteamericana. “Un hombre serio, amable,
tranquilo”, dijeron. Rutina: levantarse temprano,
salir de compras, volver del supermercado, caminar un
largo rato por la playa, reunirse con un grupo de
alemanes amigos, acostarse temprano. |
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<<<<<<<<Fotografía de Walter
Kutschmann en Polonia, cuando era un alto
jerarca Nazi. (Archivo). |
El resto fue casi fácil. Unos minutos después de las once de la
mañana llegó en su viejo Mercedes, bajó con una bolsa de feria
en la mano, y mientras buscaba la llave de la puerta de entrada
al edificio, el motor de la cámara de Alfieri emitió siete
tenues chillidos. Walter Kutschman-Pedro Ricardo Olmo quedó
capturado siete veces, por primera vez en décadas, en una tira
de celuloide. El fantasma volvió a tener cara.
Salí del taxi donde nos habíamos ocultado, caminé hacia él, y a
sus espaldas le grité su nombre:
–¡Kutschmann!
Saltó como si hubiera pisado una serpiente.
–¿¡Quién es usted!? No soy ese hombre. Soy Pedro Ricardo Olmo.
¿¡Quién es usted!?
Me identifiqué. Me miró con amargura.
–Usted, usted es el hombre que destruyó mi vida con las dos
notas que publicó…
–Perdón. No destruí su vida. Escribí una historia, igual que
otros periodistas.
–Sí. Pero usted usó las palabras de un modo… especial.
–No. En todo caso, las palabras fueron dictadas por Simón
Wiesenthal, y por usted mismo.
–¡Claro! Ustedes publican todo lo que dice ese señor. Todas sus
mentiras. Todos los ardides que usa para conseguir dinero.
–Kutschmann, pasé seis meses de mi vida buscándolo, y ahora le
pido una entrevista. Le doy una chance. Si no es un criminal de
guerra, defiéndase.
–No puedo hablar. Recién en marzo estaré en condiciones de
asumir mi defensa.
–Para mí, marzo es la eternidad.
–Todavía me faltan pruebas, y mis asesores legales no quieren
que haga declaraciones hasta que las tenga.
–Entonces tendré que usar otra vez la versión de Wiesenthal,
pero reforzada, porque ahora tengo sus fotos, su dirección, y la
chapa de su auto.
–Haga lo que quiera. Pero si publica algo, me entrega a mis
asesinos.
–¿Usted cree que sus asesinos, si existen, ignoran su paradero?
No sea ingenuo. Si lo encontré yo, un periodista, más fácil les
será a los que quieren matarlo.
–De cualquier manera, soy un hombre muerto. Cada día que pasa
espero a mis asesinos.
Hemos bajado a la playa. La mañana, desmintiendo a enero, es
helada. De pronto, pálida, aterida y al borde de la histeria,
llega Geralda, la mujer de Kutschmann: “Dígales a los
asesinos que vengan con dos balas: una para él y otra para mí”.
–Kutschmann, ¿cómo vive hoy?
–Perdí mi empleo. La empresa, al saber que era Kutschmann, me
despidió. Pero cobré la indemnización y vendí algunas
propiedades. Vivo de ese dinero. Cuando se acabe, no sé qué será
de mí.
–¿No puede trabajar?
–Gracias a ustedes, los periodistas, y a las historias que
publicaron, ninguna empresa quiere tomarme. Ustedes me
destruyeron, y destruyeron a mis hijos. ¡A tres familias!
–Usted dice que todo es mentira. ¿Es mentira que hizo fusilar a
20 profesores judíos y sus familias?
–Aquello era una guerra.
–A mi manera y en mi oficio, yo también soy un soldado. Por eso
estoy aquí.
–Insisto: aquello era una guerra. Lo suyo es muy diferente.
–Hasta en la guerra hay leyes. ¿O cree que la guerra lo
justifica todo?
–No. Pero en la guerra hay maneras y maneras de cumplir las
órdenes. Uno puede ensañarse, o no. Yo no me ensañé. Usted me
comparó con Bormann, con Mengele, pero yo no tuve nada que ver
con las cámaras de gas ni con las matanzas de judíos.
–Hace tres años, en Bolivia, Klaus Altmann me dijo lo mismo.
Parece que todos los criminales nazis son inocentes.
–Yo no tengo nada que ver con Altmann.
–Sin embargo, al terminar la guerra, usted fue ayudado por
Odessa. Dinero, pasaporte falso…
–¡Odessa! ¿Qué es Odessa? Un libro, una película, nada más.
Déjese de fantasías…
–Acepte el reportaje, y esfume mis fantasías…
–Antes de marzo no puedo hablar. Si en marzo todavía estoy vivo…
–¿Tan seguro está de que lo matarán?
–En la Argentina hay sesenta mil hombres armados dispuestos a
matarme.
La mujer de Kutschmann, menuda, de modales suaves que no
alcanzan a borrar su tensión ni sus lágrimas, dice: “Todo
esto es un juego de Wiesenthal a raíz del Tratado de Helsinki”.
La interrogo acerca de esas palabras, pero él la hace callar con
cortantes palabras en alemán.
Salimos de la playa y caminamos hacia la vereda del sol, porque
la mujer tiene mucho frío.
–Kutschmann, insisto, no lo busqué por cielo y tierra para nada.
Hable, defiéndase. Lo que diga será respetado: tiene mi palabra.
–No puedo. Mientras tanto, usted publicará mis señas, las fotos
de mi casa y de mi auto, todo. Me entregará a mis asesinos.
–No quiero que lo maten.
–Pero tiene orgullo profesional. Ningún reportero se guarda una
gran noticia.
–Hagamos un trato. Usted no tiene causas pendientes con la
Justicia argentina. Si no revelo donde lo hallé, no hay delito.
Hable, y no publico su paradero.
–No puedo. Espere hasta marzo.
–Usted cierra todos los caminos.
–Toda la prensa es igual. Sirve a los mismos intereses. Sirve a
Wiesenthal.
–Wiesenthal habla, usted no, ésa es la diferencia. Además,
puede hacerle juicio a la prensa. Es su derecho.
–No tengo tanta plata. Soy un hombre indefenso.
Representa los 61 años que tiene. Cambió mucho respecto de la
fotografía que lanzó Wiesenthal el 27 de junio de 1975. Su pelo es
blanco, lo mismo que su ancho bigote. Los grandes anteojos
esfuman su cara. Viste una camisa marrón y amarilla a cuadros,
un pantalón gris y zapatillas deportivas. Fuma negros suaves que
prende con un encendedor plateado. Su mujer sigue temblando de
frío.
JAQUE MATE. En 1904, Leopoldo Lugones escribió: “Los odios
históricos, como la ojeriza contra Dios, son una insensatez que
combate contra el infinito o contra la nada”. En ese
infinito o en esa nada creyó Walter Kutschmann cuando se refugió
en la Argentina de 1947 y en una Buenos Aires despreocupada que
amaba u odiaba a Gatica, aprendía a bailar el boogie-boogie y
sabía que la Vuelta de Olavarría sería, otra vez, de Juan o de
Oscar Gálvez. Pero en Viena, Simón Wiesenthal confiaba en el
tiempo. Pasaron treinta años. Walter Kutschmann era, para todos,
Pedro Ricardo Olmo, ejecutivo menor de una empresa. Se había
refugiado en una rutina, en un paisaje, en algunas certezas, y
creyó que eso bastaba para borrar los días de sangre y fuego: el
mito de los nazis que se creyeron dioses. Encontró, es posible,
el infinito o la nada. Pero Wiesenthal interrumpió su largo
ajedrez. Y un día, alguien (yo) le gritó su verdadero nombre .
Entonces supo que el tiempo era un engaño. Que en realidad, el
alba de ese día de 1941 en las colinas de Wulencka había sido
apenas ayer, reflexiopno Alfredo Serra, en libro “Siete
Historias Secretas”
EPILOGO. A pesar de la nota en GENTE, de las inequívocas fotos y
de la repercusión del reportaje, nada ni nadie alteró la paz de
Kutschmann en Miramar. Recién el catorce de noviembre de 1985,
diez años después de que el periodista Alfredo Serra, de
gritarle “¡Kutschmann!” y publicar su paradero, fue
detenido en Florida, provincia de Buenos Aires, por agentes de
Interpol. Empezó entonces una larga danza de tecnicismos y
chicanas legales para lograr su extradición, o para impedirla.
Pero la muerte cerró el capítulo: su corazón claudicó el 30 de
agosto de 1986 en el hospital Fernández.
El fallecimiento
del
periodista Diego Tonnelier, la búsqueda de un criminal nazi y la mirada de Bec.
Por Bec.
Abrir el diario
por la mañana, en el bar donde todos los días me detengo a tomar
un café antes de entrar en mi oficina, sobre la calle Maipú,
significó dar el rostro contra el dolor. En un cuarto de página
el título lo decía todo: Murió el periodista Diego Tonnelier.
Estaba su foto, algo demacrado, con la barba crecida, y sus
grandes ojos. Leí la crónica, que no revelaba mucho porque solo
importaba el anuncio. Tenía 39 años de edad.
Me asaltaron
los recuerdos y aquel anuncio me golpeó en todo el cuerpo porque
con Diego, en el verano del 83, habíamos vivido juntos lo que
para mi fue una de las experiencias más fuertes de mi vida.
Estábamos en Mar del Plata cubriendo para el diario "Tiempo
Argentino" toda la suerte de banalidades que generan los
farandulescos personajes de la televisión.
Un día leo una
noticia: "Denuncian que el nazi Kutschmann vive en Argentina".
Teniente de las SS durante la II Guerra Mundial, estuvo primero
destacado en los territorios ocupados de Polonia. Se lo acusaba
de ser el responsable directo del asesinato de 2.000 personas en
varias pequeñas ciudades. Luego había sido trasladado a Francia
y, al producirse la debacle, en lugar de regresar a Alemania,
cruzó la frontera española, donde adquirió una nueva identidad,
tomándola de un sacerdote muerto de nombre Pedro Olmo.
Finalmente, a comienzos de la década de 1950, se radicó en
Argentina donde habría sido asesor de la Policía de la Provincia
de Buenos Aires. Un tribunal de la ciudad de Bonn había pedido a
Interpol su captura, para juzgarlo por crímenes contra la
humanidad. Aquí, en Argentina, gozaba de la protección de los
gobiernos que se habían sucedido desde entonces, como sucedió
como muchos otros criminales (entre los mas destacados, el
coronel SS Adolf Eichmann, responsable de la Solución Final).
El diario que
publicaba la noticia, Clarín, había mandado un equipo de
periodistas a investigar el asunto, a la ciudad balnearia de
Miramar, pero salieron con las manos vacías. Según la crónica,
habían llegado hasta el domicilio de Kutschmann y se conformaron
con que la esposa les dijera que se había ido.
"Diego -le
dije-, creo que tenemos que viajar a Miramar para hacer algo".
En un principio, para nosotros no era otra cosa que un desafío
como periodistas, es decir, ir en busca de una buena historia
pero, a medida que nos fuimos metiendo, paso a convertirse en
una obsesión, en un deseo de desenmascarar a un asesino y, en
cierta forma, devolverle algo a los millones de víctimas de
aquella locura que se llamo III Reich.
Una mañana bien
temprano tomamos el Dodge 1500 que nos había dado el diario y
recorrimos los 80 kilómetros que nos separaban de Miramar. Era
nuestro día de franco.
Llegamos antes
del mediodía. El sol parecía derretir el pavimento. Fuimos
directo hacia la dirección donde se suponía vivía Kutschman o
Pedro Olmo. Solo sabíamos cual era el edificio. Tocamos el
timbre del primer departamento que encontramos y nos atendió un
hombre joven, que nos dijo que conocía a Olmo pero que hacía
varios días que se había ido. Agrego que "es una excelente
persona, muy buen vecino" y, en sus ganas de defender a ese
criminal, nos señalo cual era su departamento: letra A del
tercer piso. Diego fue y toco a la puerta, pero como era de
esperar, nadie nos atendió.
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Walter
Kutschman o
Pedro Olmo, sorprendido por el fotógrafo en el
departamento "A" del tercer piso del edificio de
calle 12 y 29. |
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Nos quedamos
dando vueltas por el barrio. Diego se fue caminando para ver si
podía obtener mas datos de otros vecinos y yo sentado en el
cordón de la vereda, a 100 metros de aquel edificio. La historia
se nos había escapado entre los dedos, pensaba. Sostenía mi
Nikon FM con el 300 mm sobre mis piernas y, estirado hacia
atrás, buscada que el sol me diera su calor.
"Esta buscando al nazi?". La voz surgió desde atrás. Era
una voz grave, de un anciano que estaría a mitad de
camino entre los 70 y los 80. Lo miré, sin levantarme y
le contesté con un monosílabo: "Si". "Que tenga suerte,
jovencito", me dijo y siguió su camino. |
Veía como
se alejaba, con sus pasos cansados y, cuando estaba por doblar
la esquina, tuve la sensación de que algo podría saber algo. Me
incorporé y corriendo llegue hasta donde él. "Usted lo conoce a Kutschmann?", y me miro con sus grandes ojos grises: "Claro que
lo conozco, vive ahí". Yo le aclaré: "vivía, porque ya se fue".
"No, m'hijito, ayer a la tarde lo vi paseando su perro y,
además, le voy a dar un dato: guarda su auto, un Volkswagen, en
el garaje de la otra calle. Pueden ir y hablar con el encargado,
es mi amigo, es un español republicano, dígale que lo manda
David".
El corazón me
empezaba a latir fuerte. Esperé que llegara Diego, le comenté lo
que había pasado y nos fuimos hasta el garaje. Diego habló con
el encargado, le explico quienes éramos y si sabía algo. "Esta
mañana Kutschmann estuvo aquí, vino en bicicleta". Le pedimos si
nos dejaba ver el auto. "Claro, pero yo me quedo en la puerta de
campana, no sea cosa que aparezca de nuevo". Con Diego revisamos
el auto, encontramos una agenda y unas tarjetas personales a
nombre de Pedro Olmo, con una dirección en la calle Sucre al
2200, en Buenos Aires. Fotografié la tarjeta y el auto, en
especial para que se viera la matrícula, y nos fuimos.
Nos quedamos
toda la tarde esperando que saliera a la calle, pero sin suerte,
así que a la noche regresamos a Mar del Plata. En la cena
estuvimos todo el tiempo planificando lo que haríamos al día
siguiente, aunque en realidad no había mucho que planificar.
Regresamos a
Miramar. Estuvimos toda la mañana turnándonos para hacer guardia
frente al edificio. No teníamos tiempo ya que se suponía que
debíamos estar en Mar del Plata. Así que decidimos dar unas
vueltas en el coche y en eso Diego me dice: "vamos a pasar de
nuevo frente al edificio".
Veníamos
avanzando lentamente por la calle, con la mirada clavada en
aquella ventana que daba al Oeste así que a la tarde, el sol
pegaba de lleno sobre los vidrios. De pronto, como un fantasma
que surge del pasado, una mano corre la cortina y aparece la
figura de aquel hombre. Su figura estaba nítida, perfectamente
recortada. Freno, tomo la cámara y mientras trato de cambiar el
28 mm que tenia montado por el 300 mm, en fracciones de segundo,
la figura desaparece. Era él, no teníamos dudas. Con Diego nos
miramos -creo que pocas veces en mi vida me entendía solo con la
mirada con un periodista y ese hombre era Diego-.
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Dejamos
el auto estacionado, subimos los tres pisos y Diego
golpeó la puerta. Apareció un hombre de rostro macizo,
corpulento a pesar de su avanzada edad, con aquella
mirada penetrante. Levante la cámara y sin llegar a
poner mi ojo en el visor disparé. Fueron fracciones de
segundo. Giré sobre mis talones y me fui casi corriendo
escaleras abajo. Diego permaneció al lado de la puerta y
ahí escuché la voz de Kutschmann: "Quiero ese rollo", me
gritó. Y detrás de esa voz, la de Diego, "Trae ese
rollo, por qué sacaste la foto?", también a los gritos.
Diego acaba de enloquecer, pensé. Después Diego me
aclaró que lo hizo para ganarse la confianza de
Kutschmann. Era un periodista de raza. |
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<<<<<<Desenmascarado.
Miramar, enero de 1975. El criminal de guerra nazi llega
a su casa de verano. El lente de Alfieri logra su
primera imagen en 28 años de impunidad. Luego, la casi
increíble entrevista. Kutschmann
vivía en la ciudad de Miramar, en el edificio atlántica
de calle 29 y 12. |
Ahí empezó el
diálogo entre Diego y Kutschmann. Yo había rebobinado la
película y puesto otro rollo en la cámara. "Aquí tiene su
rollo", le dije al alemán, que se había ocultado detrás de la
puerta. "Cuantos rollos tiene usted?, ya no quiero ese rollo" me
dijo, habiendo advertido que ya lo había cambiado. Nos dijo que
si nos llamaba uno de los dueños del diario, a quien el conocía,
aceptaba una entrevista. Y para hacernos saber donde estábamos
parados, aclaro: "El papa del dueño del diario y yo servimos
bajo las ordenes de Hoffmann". Empezábamos a estar en problemas.
Nos fuimos.
Desde Mar del Plata llamamos al diario: "Les interesa algo del
nazi?". El subdirector, nos dijo que lo iba a consultar con el
director. A la tarde nos llamó: "Dice el director que no pierdan
el tiempo con el alemán, no nos interesa la noticia".
Ya estábamos en
problemas. "Mira, Bec -dijo Diego-, no se qué pensás vos pero
para mi esto es más importante que mi trabajo". Estábamos de
acuerdo. A los dos días nos dieron la orden de regresar a Buenos
Aires. Cuando llegamos, fuimos a la agencia de Diarios y
Noticias, explicamos la situación y les dijimos que les
regalábamos las fotos y la historia. Mientras yo revelaba el
rollo, Diego escribía su crónica.
La foto fue
tapa en muchos diarios de Argentina y al exterior fue
transmitida por The Associated Press. Había aparecido Kutschmann,
tenia un rostro y sobrevivientes de sus crímenes podían ahora
identificarlo y acusarlo.
La policía
tardo dos años en "encontrarlo" (y eso recién bajo el primer
gobierno democrático después de varios años de dictadura). Fue
detenido y como estaba delicado de salud, internado en el
hospital Fernández, donde murió de un ataque al corazón antes de
ser extraditado a Alemania. Por supuesto que fui a cubrir su
entierro.
Diego y yo, a
los dos meses, renunciamos al diario. Sentíamos que no podíamos
trabajar en un lugar donde se protegían a los nazis.
Diego ha
muerto. Esta historia lo tiene como su hacedor, porque yo sólo
no hubiera sacado esa foto. Necesitábamos apoyarnos el uno en el
otro. Nunca, como periodista, ni él ni yo, nos habíamos sentido
tan solos.
Bibliografía
Sugerida.
Alfredo Serra
(2008),"Nazis en las sombras – Siete Historias Secretas",
Editorial Atlántida.
Bec. (2008).
Kutschmann.
Políticamente correcto.
Efe. (1983).
Criminal de guerra nazi descubierto en un balneario argentino.
Diario El País. España.
GABRIEL BÁÑEZ
(2008). Nazis en las sombras. Diario El Día, La Plata.
GENTE (2008).
Nazis en la Argentina - Así encontró GENTE a Kutschmann, uno de
los criminales nazis (Mayo 2008).
Sergio Resumil
(1991). La Hora de los Perros.
Entidad
protectora con pasado nazi.
Diario Página 12, Buenos Aires.
Sergio Resumil
(1991).
De la Luftwaffe a Miramar.
Diario Página 12, Buenos Aires.
Submarinos, desembarcos, espias y el fantasma de la
presencia de Adolf Hitler en Mar del Sud.
La Segunda Guerra Mundial era en aquellos
días un tema recurrente en las páginas de los diarios. Sin
embargo, el tema parecía bastante distante para una
población provinciana, cuya vida social giraba alrededor del
cine y los corsos, que en esos días se encontraban en pleno
desarrollo.
El 23 de febrero de 1944, la tapa de Ecos
Diarios de Necochea acercaba los temores de la segunda
guerra mundial a unos pocos kilómetros de la ciudad de
Necochea. “Se había extendido hasta nuestra zona el
espionaje del Eje”, señalaba un título secundario.
La nota hacía referencia a un informe de
inteligencia según el cual Alemania proyectaba “un
desembarco de agentes secretos que debía realizarse entre
los faros de Quequén y Miramar”, donde en el medio se
encuentra Mar del Sur.
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Submarino
Nazi. El U-530 en la Base Naval de Mar del
Plata. |
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“Una parte del
informe de espionaje dado a conocer por las
autoridades nacionales resulta particularmente
interesante para nosotros, en razón de referirse a
actividades que tenían como propósito la utilización
de parajes de nuestra costa”, señalaba el artículo
periodístico. |
El informe, que Ecos Diarios reproducía
textualmente, indicaba que: “Se ha establecido que a fines
del año 1943, el mayor general Frederich Wolf, agregado
militar naval de la embajada alemana, comisionó a Guillermo
Otto Alberto Seidlitz para que buscara un lugar adecuado en
la costa atlántica de la Provincia de Buenos Aires, donde
poder desembarcar de submarino alemán, uno o dos agentes
secretos del eje, además de materiales necesarios a los
organismos de espionaje existentes en la Argentina”.
Siempre según el informe, Seidlitz se puso en
contacto con Gustavo Eickenberg, con quien efectuó un viaje
a una estancia adquirida por él mismo en Mar del Sur,
recorriendo los lugares vecinos y la costa marítima,
llegando, de acuerdo con Eickenberg, a que el lugar ofrecía
grandes probabilidades para efectuar con éxito un desembarco
desde el submarino, entrevistando a su regreso al general
Wolf, para dar cuenta del cumplimiento de la misión y
presentar un informe detallado de las comprobaciones
recogidas, indicando como el mejor punto de arribo el
equidistante entre los faros de Miramar y Necochea, que es
coincidente con el camino que lleva a la estancia de
Eickenberg”.
El 10 de julio de 1945, arribó al puerto de
Mar del Plata el submarino alemán U 530. Según el artículo
publicados por Ecos Diarios al día siguiente, la nave
emergió en las aguas del puerto, a las 7.30 e hizo señales
de luces a la base de submarinos.
La guerra había finalizado hacía dos meses
cuando el comandante del submarino alemán, Otto Wermolt, de
29 años, al mando de una tripulación de 53 marinos, decidió
rendirse en el puerto marplatense, tal vez temiendo las
represalias aliadas. Según los tripulantes, hacía un mes y
medio que no tocaban puerto y ya se les había terminado el
combustible. Los hombres se hallaban exhaustos y se les
habían agotado los víveres.
La tripulación quedó alojada en la Base Naval
de Mar del Plata y al día siguiente el Ministerio de Marina
difundió un comunicado que señalaba que el U 530 no había
sido el buque que hundió al crucero brasileño “Bahía” y que
entre los tripulantes tampoco “llegó ningún político ni
jerarca del nazismo”.
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Marinos
Argentinos luego de capturar el Submarino
Nazi en Mar del Plata. |
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No
obstante, con el pasar de los días, comenzaron a
surgir dudas sobre esta última afirmación y
reaparecieron los fantasmas surgidos con aquel
informe de inteligencia dado a conocer un año antes.
El 15 de julio, Ecos Diarios informó sobre una
versión dada a conocer por diarios porteños sobre un
posible desembarco producido pocos días antes de la
rendición del U 530 |
Siempre según el informe, Seidlitz se puso en
contacto con Gustavo Eickenbert, con quien efectuó un
viaje a una estancia adquirida por él mismo en Mar del Sur,
recorriendo los lugares vecinos y la costa marítima,
llegando, de acuerdo con Eickenberg, a que el lugar ofrecía
grandes probabilidades para efectuar con éxito un desembarco
desde el submarino, entrevistando a su regreso al general
Wolf, para dar cuenta del cumplimiento de la misión y
presentar un informe detallado de las comprobaciones
recogidas
Según los diarios Crítica y El Mundo de
Buenos Aires, pocos días antes de la llegada del submarino
alemán, empleados de una firma cerealista “pudieron ver en
las playas de Mar del Sur un bote de goma que acababa
de llegar, el cual estaba ocupado por varias personas”.
Incluso el semanario italiano Oggi llegó a deslizar que allí
se refugió Adolf Hitler cuando la derrota alemana era
inminente. También muchos veraneantes y pobladores recuerdan
hasta no hace mucho ver en las bajamares de sicigias(de
mayor amplitud) cerca del Medano grande, la torreta de un
submarino Alemán hundido detrás de las rompientes.
German submarine. Otto Wermuth,
quería recalar en Miramar.
Los germanos están en
retirada en Anzio”, informaba en tipografía gigante la tapa
del periódico Ecos Diarios de Necochea, el 23 de febrero de
1944, en relación a la batalla que libraban aliados y
alemanes en Italia. Debajo, una fotografía de dos militares
estadounidenses, mostraba a los jefes de las Fuerzas Aéreas
norteamericanas en el Pacífico.
Y un posible
destino de escape de los agentes secretos alemanes: Mar del
Sur.
La Segunda Guerra Mundial era
en aquellos días un tema recurrente en las páginas de los
diarios. Sin embargo, el tema parecía bastante distante para
una población provinciana, cuya vida social giraba alrededor
del cine y los corsos, que en esos días se encontraban en
pleno desarrollo.
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Pero aquel 23 de
febrero, la tapa del diario acercaba los temores de
la guerra a unos pocos kilómetros. “Se había
extendido hasta nuestra zona el espionaje del Eje”,
señalaba un título secundario. El artículo
periodístico hacía referencia a un informe de
inteligencia según el cual Alemania proyectaba
“un desembarco de agentes secretos
que debía realizarse entre los faros de Quequén y
Miramar”. |
“Una parte del informe de
espionaje dado a conocer por las autoridades nacionales
resulta particularmente interesante, en razón de referirse a
actividades que tenían como propósito la utilización de
parajes de nuestra costa”, señalaba la nota.
El informe, que Ecos Diarios
reproducía textualmente: “Se ha establecido que a fines del
año 1943, el mayor general Frederich Wolf,
agregado militar naval de
la embajada alemana, comisionó a Guillermo Otto
Alberto Seidlitz para que buscara un lugar adecuado en la
costa atlántica de la Provincia de Buenos Aires,
donde poder desembarcar de
submarino alemán, uno o dos agentes secretos del eje,
además de materiales necesarios a los organismos de
espionaje existentes en la Argentina”.
Siempre según el informe,
Seidlitz se puso en contacto con
Gustavo Eickenbert, con
quien efectuó un viaje a una estancia adquirida por él mismo
en Mar del Sur, recorriendo los lugares vecinos y
la costa marítima, llegando, de acuerdo con Eickenberg, a
que el lugar ofrecía grandes probabilidades para efectuar
con éxito un desembarco desde el submarino, entrevistando a
su regreso al general Wolf, para dar cuenta del cumplimiento
de la misión y presentar un informe detallado de las
comprobaciones recogidas,
indicando como el mejor punto de arribo el equidistante
entre los faros de Miramar y Necochea, que es coincidente
con el camino que lleva a la estancia de Eickenberg”.
Si bien no existen datos posteriores de desembarcos de
espías, aquella información creó intranquilidad y, un año
más tarde, cuando dos submarinos alemanes se rindieron en el
puerto de Mar del Plata, los recuerdos de aquellos datos
dieron pie a todo tipo de historias que aún perduran.
La mañana del viernes 17 de
agosto había amanecido con algunas nubes. Era el inicio de
un fin de semana largo, que era esperado por varios marinos
de la Base Naval de Mar del Plata. Otros ya habían sido
licenciados. Aún duraba la sorpresa por la aparición del
submarino alemán U 530, que se había rendido 38 días atrás.
Ya hacia tres meses que Alemania había capitulado.
El
rastreador M 10 Comodoro Py al mando del capitán de Corbeta
Armando Muro y el submarino Salta regresaban a sus
apostaderos, luego de patrullar las aguas. Hacia las 9.15
advirtieron que desde la costa de Miramar se aproximaba un
submarino. Al proceder al acercamiento un destellador
luminoso identificaba la nave, como German submarine.
Se dio el alerta en la base.
Las naves argentinas escoltaron al submarino, que se
identificó como U 977. Con la ayuda del remolcador Ranquel
atracó a las 11 de la mañana. La nave alemana estaba en
impecable condiciones y con una reserva de importancia de
combustible.
Según se pudo establecer con
los años, desde fines de mayo de 1945, las autoridades
navales de la Argentina estaban avisadas por la Cancillería
de la posible aparición de submarinos alemanes en el litoral
marítimo argentino. Así lo testimonian los documentos
secretos de la Armada. El 22 de mayo de 1945, el
vicealmirante Héctor Vernengo Lima, jefe del Estado Mayor
General, envió una comunicación al ministro de Marina,
dejando constancia de que, según informaciones del
Ministerio de Relaciones Exteriores, se había constatado la
presencia de submarinos alemanes en el Atlántico Sur, que
tratarían de llegar a "aguas japonesas".
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El U 977 estaba
comando por Heinz Schäffer, de 24 años, acompañado
por una minoritaria tripulación de 32 hombres. Todos
jóvenes. Junto al comandante del submarino estaba el
primer oficial Karl Reiser de 22 años, el segundo
oficial Albert Khan de 23; el ingeniero Dietrich
Wiese que con 30 años era el más veterano. Otros 28
suboficiales y marineros completaban la tripulación.
Sin embargo, cuando partieron de Kristiansand,
Noruega, el 2 de mayo de 1945, la nave llevaba 16
personas más. |
Según la declaración del
comandante ante los interrogadores argentinos, esos marinos
alemanes eran “casados” y se les dio la opción de dejar el
barco. “El 10 de mayo entre las 02.30 y las 0330 tres
soldados y 13 oficiales subalternos en consecuencia tomaron
tres de los botes de goma grandes, uno de los cuales resultó
dañado y abandonado para abandonar la nave”, señaló Schäffer
a los marinos argentinos. Una versión que siempre estuvo en
duda sobre qué alemanes ocuparon esas literas, ante la
sospecha que eran jerarcas nazis que descendieron en las
costas de argentinas.
La travesía descripta por el
comandante alemán ante los interrogadores dejó dudas, que
por años han permanecido bajo reserva. Fueron 107 días de
navegación, de los cuáles afirmó 66 fueron sumergidos. Los
expertos indicaron años después que eso asomaba difícil de
hacer con un submarino de esas características.
El U 977 arribó a Mar del
Plata con 10 torpedos, aunque su carga era para 14. La
aproximación fue similar a la U 530, desde la costa Miramar
hasta observar el faro de Mar del Plata y luego enfilar al
puerto. Para ese tiempo el avistamiento de periscopios en
las ciudades de la Costa Atlántica se había multiplicado.
Histeria colectiva. Entre la
rendición del U-530 y el U-977 en Mar del Plata, y sobre
todo entre los días 19 y 25 de julio de 1945, se sucedieron
los avistamientos de submarinos en el litoral argentino, y
la Armada registró estas presencias en diversos documentos
secretos.
El 19 de julio, por ejemplo,
se informaba al Estado Mayor General con un mensaje en
extremo lacónico: "Periscopio-San Antonio Este. He dispuesto
reforzar exploraciones allí". El 25 de julio, en otro
informe secreto de la Armada, se avisaba del avistamiento de
un submarino en el área de Claromecó, y se disponía el
patrullaje aéreo y naval de la zona, manteniendo un
torpedero listo para la acción.
Miramar, Necochea, Copetonas
y San Clemente del Tuyú son los otros nombres que saltan a
la vista en los documentos secretos y en las informaciones
periodísticas de esos días. ¿Histeria colectiva? Tal vez.
Pero tan grande, que llegó hasta el Uruguay y el sur del
Brasil, que también reportaron el avistaje de submarinos
alemanes. En Brasil, incluso, se llegó a culpar a una de las
naves que supuestamente operaban en nuestra costa del
hundimiento del crucero Bahía, ocurrido el 4 de julio de
1945. Teniendo en cuenta que la mayoría de los avistamientos
sucedieron cuando el U-530 ya se había rendido en Mar del
Plata, y cuando, según los documentos de navegación del
U-977, éste todavía no se encontraba a esa altura de nuestro
litoral, la pregunta es evidente. Si los avistamientos (a
los que la Armada prestó especial atención) fueron reales,
¿cuáles eran los submarinos que estaban operando en la zona?
¿Se trataba, tal vez, del
U-1206, sospechosamente dado por perdido en el Mar del Norte
el 14 de abril de 1945, o del U-1053, perdido cerca de
Bergen (también en el Mar del Norte) en febrero de ese año?
¿Podría ser, en cambio, el U-745, del que se tuvo noticias
por última vez el 4 de febrero de 1945, en el golfo de
Finlandia, o del U-398, perdido para siempre en aguas
costeras británicas en el mes de mayo?
¿Sería, tal vez, el U-326,
del que también se tuvo una última información desde aguas
costeras inglesas en abril, o se trataba de algún otro
sumergible que no constaba en las prolijas listas elaboradas
por la Kriesgmarine? ¿Viajaban jerarcas nazis en estas
naves, desembarcaron documentación o dinero en nuestras
costas? La respuesta aún permanece entre médanos de dudas.
Yo quería
recalar en Miramar”, dijo el joven comandante alemán, Otto
Wermuth, quien atracó el
submarino de guerra U 530, el 7 de julio de 1945 en el
puerto de Mar del Plata. Sus palabras son parte de las
declaraciones que hizo ese joven de 25 años, a los marinos
argentinos que lo interrogaban.
Entre evasivas y medias verdades, contó cómo hizo la
aproximación de la nave a Miramar y Mar del Plata, hasta el
momento de la rendición. Hasta ahora, la revelación de esas
maniobras eran inéditas.
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Las palabras de
Wermuth se conocieron cuando la Armada tomó la
decisión de abrir los archivos de aquellas
declaraciones, que
fueron celosamente guardadas por 57 años.
El U 530, junto a otras naves similares forman parte
de uno de los grandes secretos -o quizás el último-
vinculados a la Segunda Guerra Mundial. |
Dos de esos submarinos, el U 530 y el U
977, se entregaron en Mar del Plata. Dos fueron hundidos por
la propia tripulación en costas argentinas, previo
desembarco en cercanías de Necochea, de “80 personas”, según
algunos testimonios periodísticos y de aquella época.
Los primeros en ser indagados en suelo
argentino fueron los ocupantes del U 530. Tres días después
de su llegada a puerto y rendir su nave, el comandante Otto
Wermuth se ubicó frente a sus interrogadores: los marinos
Dellepiane, Ribero, Berry, Connway y Benesch. Según los
testimonios escritos, Wermuth se refugió varias veces en la
frase “lamento no poder dar más datos” o “no deseo responder
esa pregunta”, cuando pretendía esquivar definiciones.
Tampoco quiso aclarar cómo se utilizaron los 20 torpedos que
debió llevar el submarino y no estaban.
Sí contó ante los marinos argentinos,
parte del trayecto hacia la Argentina. Señaló que de día
navegaba en superficie a un promedio de 7 nudos, alejado a
más de 200 millas de la costa. Por la noche, en inmersión el
submarino avanzaba a una velocidad de 2 nudos.
Según sus palabras, alcanzó la costa de
Mar del Plata un día antes de la rendición. Dijo que avistó
el faro de Punta Mogotes a las 3 del 9 de julio de 1945 a
unas 18 millas de distancia. Agregó ante los interrogadores
que rebasó Mar del Plata porque su intención original era
“recalar en Miramar”, donde llegó con su nave a las 6 de la
mañana.
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“De ser cierto esta apreciación, podía suponerse que
había desembarcado allí personas o bultos”, dicen
los periodistas Juan Salinas y Carlos De Napoli en
su última obra “Ultramar Sur”, donde revelan
detalles inéditos sobre esa operación llevada a cabo
por los alemanes, tras el fin de la guerra.
Al
garete. Para buscar
un pretexto de por qué llevó el submarino hasta
Miramar, el comandante alemán Wermuth les dijo a los
interrogadores que pretendía “esperar a la noche
siguiente para reconocer la entrada al puerto”. |
“Al anochecer del 9 de julio salí a la
superficie y comencé a recorrer la costa”. Al parecer
Wermuth observó la costa a unas 3 millas de distancia, desde
Miramar hasta Mar del Plata. “A través de la boca de entrada
a la base naval me quedé al garete hasta la madrugada”,
explicó Wermuth. Después encendió las luces y se entregó. En
sus declaraciones se vio obligado a reconocer que el U 530
contaba originalmente con
seis balsas de goma. Nunca pudo explicar por qué falta la
principal, con capacidad para varias personas y bultos.
Las palabras de Wermuth y toda su tripulación se
repitieron días más tarde ante los norteamericanos y los
ingleses, quienes dieron carácter de “top secret” a todo lo
hablado ante ellos. Para
asegurarse la confidencialidad de esas palabras impusieron
que debían permanecer archivadas en reservas por 75 años. Es
decir, se sabrá el contenido en el año 2020.
(Primera parte) Fuentes: Ultramar Sur – De NAPOLI / SALINAS.
Archivos Armada
Fuente: La Nación, Ultramar
Sur, El Recado Diario Miramar, Documentación Armada
Argentina.
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