¿Hay un límite para el tamaño corporal en las aves voladoras?. Los Helechos con Semillas: Un Enigma Gondwanico. El Origen de los Mamíferos Sudamericanos. Thomas Falkner, el sacerdote jesuita que realizo el primer hallazgo paleontológico registrado en Argentina. Animales raros de la Megafauna Sudamericana, la Macrauchenia. PaleoArgentina.
 
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¿Hay un límite para el tamaño corporal en las aves voladoras?

Fragmento de articulo publicado por: Sergio F. Vizcaino, Investigador del Conicet, Departamento de Paleontología de vertebrados del Museo de La Plata, Argentina. Paul Palmqvist, Profesor Titular de Paleontología de la Universidad de Malaga. Richard A. Fariña, Profesor Adjunto de Paleontología del Departamento de Paleontología, Universidad de la Republica Uruguay.

Vizcaíno SF, Palmqvist P, Fariña RA. 2000. ¿Hay un límite para el tamaño
corporal en las aves voladoras?. Encuentros en Biología 64: 6-8.

Con una masa corporal y una envergadura alar estimadas en 80 kilogramos y 7 metros, respectivamente, Argentavis magnificens debe haber sido la mayor ave voladora que haya surcado los cielos (Vizcaíno, S.F. & Fariña, R.A. 1999. Lethaia, 32:271). Conocida a partir de diversos vestigios fósiles recuperados en tres localidades del Mioceno superior de Argentina, con una antigüedad aproximada de seis millones de años, esta gran ave extinta estaba emparentada con los teratornítidos, grupo bien conocido por los esqueletos completos conservados en las trampas de asfalto de Rancho La Brea, en California. La anatomía de estas aves es muy similar a la del cóndor, por lo que cabe suponer que las plumas del ala tendrían un metro de longitud. Con tales magnitudes resulta ciertamente difícil concebir que pudiesen despegar simplemente por el hecho de batir las alas, ya que de entrada deberían alcanzar al menos los tres metros de altura, a fin de poder realizar una batida completa; además, sus miembros posteriores no parecen haber estado bien configurados para efectuar una carrera que les permitiese alcanzar la velocidad suficiente para el despegue. No obstante, las condiciones climáticas reinantes en la región pampeana por aquel entonces pudieron ser bastante propicias para subsanar este problema, ya que la cordillera no era tan alta como en la actualidad, por lo que no desviaría la trayectoria de los vientos provenientes del Pacífico; de esta manera, el ave quizás podría despegar gracias al mero despliegue de las alas, corriendo lentamente contra el viento o dejándose caer desde altos peñascos, como suelen hacerlo los cóndores.

La aplicación de algunos principios aerodinámicos básicos permite generar aún más información sobre la capacidad y estilo de vuelo de Argentavis. Así, dado que las aves son más pesadas que el aire en el que se mueven, debe existir una fuerza vertical de ascenso que se contraponga al peso del animal. En aerodinámica esta fuerza se conoce como empuje y depende de la superficie y de la velocidad de desplazamiento; expresado en otros términos, el ala del ave debe alcanzar una velocidad mínima que genere dicho empuje y le permita volar.

La ecuación relevante es la siguiente: Vmín = [(P/S)/constante]0,5, donde P/S, el peso dividido por la superficie del ala, se conoce como carga alar; la constante depende de la forma del ala, en planta y en sección transversal, tomando un valor en torno a 0,9 kg/m3 en las alas bien diseñadas. La carga alar de Argentavis se ha estimado en 114 Pascales y, por lo tanto, la velocidad mínima de despegue sería de unos 11,2 m/s; en otras palabras, las alas debían alcanzar una velocidad de 40 km/h para que el vuelo fuese factible. Ahora bien, como la velocidad que cuenta es la relativa a la masa de aire en la que se desplaza el animal, esta velocidad mínima se podría conseguir más fácilmente corriendo contra el viento, como hacen muchas aves modernas.

Reconstrucción de Argentavis. Ilustración de Toledo.

 

Pese a que el despegue desde tierra fuese posible en condiciones ventosas, quedan aún otros problemas que solucionar para un ave de dimensiones tan notorias. Así, es bien sabido que el vuelo batido es sumamente costoso en términos energéticos para aquellas aves cuya masa corporal se sitúa por encima de los 12 kg, por lo que les resulta mucho más económico realizar vuelos de planeo aprovechando las corrientes de aire ascendente. Las aves continentales pueden ganar altura utilizando el viento que se desvía hacia arriba al chocar contra una pendiente abrupta o las columnas ascendentes de aire caliente; dado que durante el Mioceno no habría relieves orogénicos importantes en la región pampeana, hemos de asumir entonces que Argentavis ascendía aprovechando las corrientes térmicas. Con vientos fuertes soplando continuamente desde el oeste, conforme el ave ascendía se iría desplazando hacia el este, lo que plantea entonces el problema de qué ocurriría cuando debiese volar hacia el oeste. Planear contra el viento implica hacerlo más velozmente que el aire y con un ángulo de ataque pronunciado, lo que conlleva una pérdida rápida de altura. Las aves planeadoras marinas pueden volar así porque tienen una carga alar alta (es decir, tienen alas pequeñas para su tamaño); no es este el caso en las terrestres, como los cóndores, que presentan una carga alar relativamente reducida, lo que resulta importante en su estilo habitual de locomoción aérea: volar a baja velocidad en círculos relativamente pequeños para mantenerse dentro de las térmicas o maniobrar cerca de las montañas. Argentavis tenía una carga alar ligeramente mayor que la de un cóndor, lo que le permitiría volar algo mejor contra el viento, pero que resultaba muy baja en relación a su tamaño, por lo que no se encontraría bien capacitada para enfrentar vientos fuertes; empero, la situación mejoraría al comer en tierra, pues el ave aumentaría su carga alar en cierta medida, lo que le dificultaría el despegue, pero le facilitaría el avance contra el viento.
   
Si se rehace el cálculo de la velocidad mínima, suponiendo que el ave ingiere un equivalente al 10% de su propia masa corporal (esto es, 8 kg), se aprecia entonces que la velocidad mínima de despegue se incrementa en apenas 2 km/h (es decir, tan sólo un 5%), lo que le reportaría más beneficios para avanzar contra el viento que perjuicios para despegar o volar en círculos.

El tamaño del territorio (T, en Km2) que defendería Argentavis se puede estimar utilizando datos procedentes de rapaces modernas, que permiten relacionar la superficie de terreno prospectada diariamente en busca de presas con el tamaño corporal del ave (M, en g) mediante una ecuación alométrica (T = 0,075M0,787), con la que se infieren unas dimensiones de 540 km2. Las grandes águilas planean a una altura característica de 60-120 m, manteniendo una velocidad de crucero en torno a los 30-50 km/h, lo que les permite cubrir una banda lateral de superficie prospectada a ambos lados de hasta 250 m; tal estimación implica que Argentavis debería efectuar cuatro pasadas para ìescanearî cada km2 de su territorio, lo que conllevaría la necesidad de recorrer diariamente una distancia lineal de aproximadamente 2.160 km. La velocidad de planeo se relaciona también con las dimensiones del ave, por lo que sería ciertamente mayor en Argentavis, llegando a alcanzar los 70 km/h. Ello implica que en 12 horas, período máximo de vuelo diario observado en rapaces, podría recorrer unos 840 km, y entonces necesitaría casi tres días para prospectar la totalidad de su territorio. Tales estimaciones permiten, pues, descartar que Argentavis fuese un ave de presa, cazadora activa como las águilas, sugiriendo entonces que se trataba de un gran buitre. Así, según lo observado en buitres modernos, estas aves recorren superficies que son entre dos y tres veces menores que las prospectadas por las águilas, pues la carroña es un recurso más abundante y, sobre todo, de más fácil acceso que las proteínas encerradas en el interior de las presas vivas; por otra parte, la altura de vuelo es mayor en los buitres, que planean normalmente a 100-200 m e incluso a más de un kilómetro en algunas especies. La razón estriba en que a la hora de localizar los cadáveres de los animales, los buitres se guían por el movimiento de otras aves menores, como los córvidos, lo que en definitiva redunda en que pueden prospectar una franja horizontal de terreno mucho mayor que las águilas. Por otra parte, las necesidades alimentarias de Argentavis serían sumamente elevadas. Así, a partir de diversos datos sobre la ingestión diaria de carne en rapaces mantenidas en cautividad, se ha comprobado que dichos requerimientos (R, en g) se relacionan con el tamaño de las aves según una ecuación también alométrica (R = 0,698M0,721), lo que permite estimar en casi dos quilos y medio el consumo de Argentavis; tal estimación se refiere al metabolismo basal que representa entre la mitad y la cuarta parte de las necesidades energéticas en condiciones de actividad. Por ello, los requerimientos de estas aves se incrementarían hasta un total de 5 a 10 kg diarios de carne y bastante más aún durante la estación reproductiva.

Llegados a este punto, cabe preguntarse qué condiciones se daban en el Mioceno superior de Sudamérica que permitieron la evolución de un ave carroñera de tal porte. La principal diferencia con el marco ecológico actual es la presencia de un gran carnívoro terrestre con dientes en forma de sable, el marsupial Achlysictis (Borhyaenoidea, Thylacosmilidae), cuyo tamaño corporal sería similar al del puma.

En función de su anatomía craneodental altamente especializada y de la extrema robustez de su esqueleto postcraneal, este depredador sería capaz de abatir ungulados de grandes dimensiones en relación a la suya propia, aprovechando tan sólo las vísceras y paquetes musculares más delicados, al igual que sucedía con los dientes de sable del Plio-Pleistoceno en Europa (Arribas, A. & Palmqvist, P. 1999. J. Archaeol. Sci., 26:571), con lo que dejaría entonces una gran cantidad de carroña en los cadáveres de sus presas, susceptible de ser aprovechada posteriormente por las especies necrófagas, entre las que Argentavis se encontraría situada claramente en la cima de la pirámide trófica (conviene recordar aquí que las hienas no habitaron nunca en Sudamérica). De hecho, no resulta descabellado pensar que esta ave pudiese valerse de sus grandes dimensiones para desempeñar un comportamiento cleptoparásito, desalojando a los marsupiales con dientes de sable del cadáver de sus presas, de forma similar a como los leones intimidan a otros depredadores para expoliarles sus capturas. Finalmente, la dinámica reproductiva inferida para Argentavis resulta también harto singular. Así, teniendo en cuenta la relación alométrica descrita por los principales parámetros del ciclo reproductivo y la masa corporal en rapaces modernas, el tamaño de puesta anual que corresponde a una pareja de estas grandes aves es de 0,78 huevos, lo que indica que criarían un pollo cada dos años; el huevo pesaría 1.052 gramos y sería incubado durante 64 días, permaneciendo el pollo en el nido durante 230 días y alrededor de 190 más en sus inmediaciones. Por otra parte, la mortalidad calculada para estas aves es muy baja, en torno a sólo un 1,9% anual. Tales estimaciones, unidas a las presentadas anteriormente en relación al tamaño del territorio y los requerimientos alimenticios, indican claramente que se trataría de una población con efectivos bastante reducidos, cuya tasa de renovación temporal sería sumamente lenta. Desde esta perspectiva, la evolución de un ave rapaz de tal porte habría sido un acontecimiento ciertamente único, posibilitado por las excepcionales condiciones ecológicas reinantes en la región pampeana a finales del Mioceno.

Fotografías de Argentavis y reconstrucciones en nuestra PaleoGuia, Periodo Mioceno.

 


Los Helechos con Semillas: Un Enigma Gondwanico.

 Fragmento del Articulo publicado por Juan C. Vega, Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia" de Buenos Aires, Argentina. Revista de la Asociación Ciencia Hoy, Volumen 8 N° 47

Nuevas evidencias contradicen y también corroboran varias de las hipótesis acerca de la estructura de las comunidades vegetales durante el período Carbonífero. En este caso, la presencia de helechos con semillas, las pteridospermas, en rocas de la Formación Jejenes, a 30km al sur de la cuidad de San Juan, reorienta las investigaciones de los paleobotánicos de todo el mundo.

El hallazgo de antiguas plantas fósil es en la provincia de San Juan ha contribuido a resolver viejos enigmas, y plantear otros nuevos. En el pasado geológico, la disposición de mares y continentes fue objeto de cambios permanentes. En consecuencia, las floras y faunas en evolución se distribuyeron de diferentes maneras, al compás de las transformaciones paleogeográficas y climáticas. Por esta causa, en la reconstrucción de los detalles de la historia de la corteza terrestre -tarea de gran interés científico y económico- los datos geológicos y paleontológicos convergen y se complementan o, eventualmente, divergen exigiendo ajustes teóricos o análisis más detallados.

Así, la Paleobotánica (ciencia cuyo objeto es el estudio de las plantas fósiles) hizo un aporte fundamental con el reconocimiento de Gondwana, antiguo y enorme continente austral que llegó a incluir en una sola masa a América del Sur, Antártida, África, Australia y la India principalmente. Sus partes, hoy separadas y distantes a causa de la deriva continental, estaban unidas al comenzar el período Carbonífero (ver imágen "Eras geológicas y edades absolutas desde el Cámbrico hasta el Cenozoico"); época en que el marlo separaba de Laurasía por el Este y el Oeste. Luego, a lo largo de dicho periodo, Gondwana y Laurasia se fusionaron constituyendo, junto a otros bloques continentales, una masa única denominada Pangea por Alfred Wegener.

Durante el Carbonífero, Gondwana estuvo situado en el extremo austral del planeta, por lo cual extensas regiones de él fueron sometidas a temperaturas muy bajas e invadidas por glaciares. Mientras que, por el contrarío, Laurasia ocupó la franja ecuatorial y gozó de condiciones de temperatura y humedad que promovieron un formidable desarrollo de la vegetación de la época. Grandes depósitos de carbón en América del Norte y Europa son testigos de esta prolongada etapa de expansión lujuriosa del reino vegetal en las regiones ecuatoriales.

Los helechos con semilla, grupo de características sorprendentes que alcanzó su mayor desarrollo precisamente en el Carbonífero, fueron componentes significativos de esta vegetación. Durante mucho tiempo se los supuso reducidos geográficamente a la faja ecuatorial. Sin embargo, hace un tiempo comenzaron a surgir indicios de su presencia en Gondwana, y brindaron recientemente información inesperada que produjo un giro en las investigaciones.

Sin embargo, el hallazgo a lo largo del siglo XIX de fósiles de frondas reiteradamente estériles (sin esporangios) y su asociación repetida (aunque sin conexión orgánica) con semillas, condujo a los paleobotánicos a sospechar que podrían corresponder a plantas que debían reproducirse por medio de semillas. La validez de esta conjetura se demostró efectivamente en 1904. Estos helechos con semilla se denominaron pteridospermas (palabra compuesta de dos partes que dan cuenta de su significado: 'pterído': por la semejanza con los helechos, plantas del grupo de las pteridofitas, y 'sperma': por semilla) . Más recientemente (1960), en rocas de edad devónica se comprobó la existencia de ciertas plantas que fueron denominadas progimnospermas ('pro': que significa antecesor; y gimnosperma', por el grupo de vegetales que incluye, entre otros, a las coníferas).

Ellas presentan frondas con aspecto de helechos que constituyen la copa de árboles cuyos troncos son -para sorpresa de los científicos- muy parecidos a los de las coníferas, desde el punto de vista anatómico. Estas plantas, que en forma semejante a los helechos producen esporas, alcanzaron a sobrevivir hasta el período Carbonífero. El descubrimiento de las progimnospermas complica, en cierta forma, el panorama paleobotánico. En efecto, supongamos haber hallado una impronta de fronda fosilizada estéril (es decir, que no posee órganos reproductivos) en rocas de edad carbonífera.

Podemos preguntarnos: ¿se trata de un helecho, de una pteridosperma o de una progimnosperma? La realidad es que, aunque se trata de grupos muy distintos, no se puede responder con certeza por dos razones:

1) Por tratarse de una fronda estéril, no hay órganos reproductores. De haber conexión orgánica con semillas, se la podría asignar a las pteridospermas. Pero se debe observar que la presencia de esporangios, por si misma, no asegura su pertenencia a ninguno de los grupos antes nombrados, considerando que helechos y progimnospermas producen esporas y ambos presentan esporangios en los especimenes fértiles. Por otra parte, los órganos productores de polen en las pteridospermas primitivas se parecen a los esporangios de los helechos y de las progimnospermas.

2) Por tratarse de una impronta, no existe información anatómica al no haber tejido vegetal petrificado. Si lo hubiese habido, dado que la disposición y estructura de los componentes anatómicos son distintos entre helechos, progimnospermas y pteridospermas, se podría haber intentado su asignación a alguno de estos tres grupos. La preservación deficiente habitual de las plantas fósiles conduce inexorablemente a este tipo de incertidumbres.

Un enigma develado.

La mayor parte de la vegetación de épocas pretéritas fue destruida sin dejar rastros. Sin embargo, una porción se preservó al ser cubierta por sedimentos y fosilizarse, protegida de la destrucción total por agentes biológicos o físicos.

Por ende, las plantas fósiles se presentan, casi siempre, fragmentadas debido a que han sufrido en mayor o menor medida, un transporte de un sitio a otro (por el agua o el viento, por ejemplo) antes de quedar enterrada, además de la acción degradatoria de bacterias y hongos. De esta manera, lo habitual es que los yacimientos plantiferos brinden hojas, frondas (fragmentadas o no), semillas, etc., aisladas entre si; los especimenes completos son muy raros. Así, por ejemplo, en el Carbonífero de Escocia se han encontrado petrificaciones de semillas, troncos, tallos y otros órganos vegetales maravillosamente conservados, en los que la trama celular de los tejidos puede ser estudiada a través del microscopio con gran detalle. Pero dichos órganos están desconectados entre si, por lo cual se hace muy difícil (o imposible) reconstruir el vegetal completo. Por este motivo no se sabe cómo se combinan entre sí las partes separadas, si corresponden a una planta herbácea o a un árbol, etc. De esta manera, se dificulta enormemente la comprensión plena del papel de estos vegetales en el diseño ecológico de aquellos antiguos paisajes hoy desaparecidos.

Reconstrucción  un Progimnospermico de la edad Devónica.

 
Un ejemplo que ilustra los problemas de incertidumbre creados por la preservación fragmentaria de las plantas fósiles, y los caminos inesperados que toma una ciencia natural -como la Paleobotánica- para resolverlos con el progreso de las investigaciones, lo brindan las frondas de tipo rhacopteroide. Son típicas del Carbonífero de Laurasia y de gran parte de Gondwana, continente este último donde sobrevivieron hasta el Pérmico.

De estas plantas enigmáticas se conocía un único espécimen fértil, en el cual la fronda está conectada orgánicamente con una fructificación consistente en un racimo de espcrangios en su extremo superior (ápice). Fue descripto en 1875 por un paleobotánico alemán, quien creyó que se trataba de un helecho (por esa época, no se había comprobado aún la existencia de las pteridospermas). Sin embargo, su verdadera afinidad permaneció desconocida debido a que, como se aclaró antes, la mera presencia de esporangios no asegura que se trate de un helecho, de una pteridosperma o de una progimnosperma.

Los representantes gondwánicos de las frondas de este tipo fueron denominados Nothorhacopteris ('Notho'. austral, 'rhacopteris': por la morfología rhacopteroide de las frondas) por el paleobotánico argentino S. Archangelsky.

Por tratarse de material estéril, no existía certeza alguna sobre su posición sistemática. Es decir que, por sus caracteres morfológicos, Nothorhacopteris podía ser una pteridosperma o una pro-gimnosperma, sin descartar por completo que pudiera tratarse de un helecho verdadero, aunque con menor probabilidad manifestando nuevamente el problema. Esta situación dio un vuelco recientemente con el hallazgo de frondas rhacopteroides fructificadas en rocas de edad carbonífera, 30km al sur de la ciudad de San Juan (provincia de San Juan, Argentina).

Este punto de la geografía sanjuanina se sitúa en el pie oriental de la Sierra Chica de Zonda, cordón perteneciente a la Precordillera de La Rioja, San Juan y Mendoza. En el período Carbonífero, en la época en que vivieron las plantas de las que estamos hablando, el océano Pacífico llegaba al borde occidental de la actual Precordillera, sistema orográfico que en aquel entonces era una cadena de montañas más bien bajas, denominada por los geólogos Protoprecordillera. Hacia el Oeste, mar adentro, se extendía un arco de islas volcánicas cuyos derrames de lava afloran hoy en la Cordillera de los AndesA través del faldeo oriental de la serranía bajaban corrientes de agua hacia un valle o una planicie, cubierta por una vegetación principalmente de porte herbáceo salpicada por lagunas en cuyo fondo se depositaron las rocas carbonosas de grano fino que contienen plantas fósiles. El paquete de rocas sedimentarias de edad carbonífera depositadas en aquellos ríos y lagunas fue denominado Formación Jejenes por el geólogo argentino Amos. Estos sedimentos fueron ascendidos por movimientos relacionados con la orogenia andina y erosionados por las corrientes de agua, por lo que así quedaron expuestos actualmente en las barrancas de los riachos temporarios de la zona.

impronta de Nothotracopteris argentinica de la formación geológica de Jelense, en Ischigualasto.

 

Por tanto, la flora que habitaba aquella antigua superficie al píe de la sierra, pocos kilómetros al sur de lo que es hoy la ciudad de San Juan, es mucho más variada que en otros yacimientos de plantas fósiles carboníferas del Oeste argentino. Además, no es raro el hallazgo de especímenes completos, con la fronda unida a su fructificación, hecho absolutamente inusual. Esta circunstancia indica que las plantas mencionadas se encuentran muy cerca del lugar donde vivieron, por lo que sufrieron un transporte corto por aguas tranquilas, antes de depositarse y ser cubiertas por sedimentos. Junto a las plantas fósiles suelen encontrarse peces y algunos moluscos bivalvos.

Las frondas rhacopteroides, estériles en su mayoría, son abundantes en la flora de la Formación Jejene. Los especímenes fértiles descubiertos son pocos pero, pese a ello, muy elocuentes. Como se puede observar en la figura, se trata de frondas que en su ápice presentan un tipo de fructificación denominado cúpula, estructura semejante a una copa que encierra una o más semillas y las protege de la acción destructiva de ciertos agentes biológicos (como los insectos) y ambientales (como, por ejemplo, las lluvias) Si bien, por las condiciones de preservación de las fructificaciones, no se han podido identificar semillas en los especímenes sanjuaninos, la presencia de una cúpula -fructificación esencialmente femenina- permite afirmar con un buen margen de certeza que las frondas de Nothorhacopteris son pteridospermas, es decir, helechos con semillas.

Este resultado, válido en principio para la zona de los hallazgos (Oeste de América del Sur), es de trascendencia mundial y reorienta las hipótesis de los paleobotánicos de todo el mundo con respecto a que las frondas rhacopteroides, en general, representarían pteridospermas.

NUEVOS ENIGMAS.

Quedando comprobada la naturaleza pteridospérmica de Nothorhacopteris, por lo menos para el Oeste gondwánico, y sumando otros hallazgos en la misma Formación Jejenes, no sólo se confirma la presencia sino también se jerarquiza la importancia de los helechos con semilla en la composición de las floras del gran continente austral carbonífero, las cuales estuvieron en duda hasta hace poco. Sin embargo, aparecen nuevas incógnitas. En efecto, podemos preguntarnos cuál es el origen de estas plantas: ¿son endémicas o emigraron desde Laurasia? De hecho, la mayor parte de las pteridosperrnas conocidas vivieron en el cinturón ecuatorial carbonífero, donde es hoy América del Norte y Europa, de cuyas rocas de edad devónica proceden los representantes más antiguos del grupo. Por consiguiente, parece factible conjeturar que los helechos con semilla arribaron a Gondwana procedentes de Laurasia cuando estos dos grandes bloques de la corteza terrestre colisionaron en el Carbonífero.

Si esto ocurrió así, la pregunta que cabe hacer es si las pteridospermas se adaptaron a los fríos reinantes en Gondwana, o si estos eran menos rigurosos de lo que se supone, al menos en su región occidental de donde proceden las plantas en consideración.

Otra posibilidad interesante para explicar por qué estas plantas aparecen tan al sur de la franja ecuatorial carbonífera (recordemos la posición geográfica polar de Gondwana en esa época y que las pteridospermas son oriundas de la faja ecuatorial), es suponer que la porción de la precordillera donde se las encuentra sea un bloque de la corteza terrestre situado mucho más al Norte en su origen, en las proximidades al Ecuador. Por tanto, este bloque podría haberse aproximado a Sudamérica a causa de la deriva continental, y quedar incorporado en el continente gondwánico durante la orogenia permo-carbonífera. Esta hipótesis no es descabellada si se tiene en cuenta que no faltan ejemplos de terrenos de origen exótico incorporados en distintos macizos montañosos durante su formación, como ocurre en la propia Cordillera de los Andes o en el Himalaya (al respecto, ver RAMOS, 1995).

Estos y otros nuevos enigmas se les plantean ahora a los científicos, abriendo apasionantes capítulos para las investigaciones por venir. La Argentina, a diferencia de América del Norte y de los países de Europa, posee todavía enormes extensiones cubiertas de rocas de distintas edades apenas exploradas en busca de fósiles; rocas que tal vez contengan, como en el caso de los sedimentos de la Formación Jejenes, la llave para resolver algunos de los tantos misterios de la vida del pasado que intrigan a los especialistas del mundo.

 


Thomas Falkner, el sacerdote jesuita que realizo el primer hallazgo paleontológico registrado en Argentina.

Por Mariano Magnussen Saffer. Fragmento tomado de:  Magnussen Saffer, Mariano (2009). Thomas Falkner, el sacerdote jesuita que realizo el primer hallazgo paleontológico registrado en Argentina. Paleo, Boletín Paleontológico. Año 7. 41: 28 -30.  marianomagnussen@yahoo.com.ar

También se lo puede encontrar dentro de la literatura como Tomás Falconer. Nació el 6 de octubre 1702, fue un sacerdote jesuita, uno de los primeros etnólogos que actuó en lo que luego sería la Argentina, donde permaneció casi cuarenta años. Sirvió como misionero, realizó numerosas exploraciones y acopió gran cantidad de información sobre los indígenas, la fauna, la flora y los accidentes naturales del territorio.

Falkner nació en Manchester, Inglaterra, en un hogar calvinista. Hizo sus primeros estudios en su ciudad natal, y luego, siguiendo los pasos de su padre, estudió medicina en la Universidad de San Andrés de Edimburgo. Allí, Falkner fue alumno del prestigioso anatomista Richard Mead, y, según algunas fuentes, de Isaac Newton.

Poco después de terminar sus estudios, la Royal Society de Londres lo comisionó para que pasara al Río de la Plata y estudiara las propiedades medicinales de las plantas americanas.

Gracias a la amistad con un capellán, se empleó como médico de a bordo en un barco dedicado al tráfico de esclavos y así, tras pasar por Guinea, llegó a Buenos Aires, hacia 1730. La ciudad, que dependía del Virreinato del Perú, tenía por entonces unos 10.000 habitantes. Poco después, en ocasión de caer gravemente enfermo, Falkner traba relación con un sacerdote jesuita, quien lo socorre y, con el tiempo, logra hacerle abjurar del calvinismo. Dos años después ingresa en la Compañía de Jesús y toma sus primeros votos en Córdoba, sede del noviciado de la Provincia Jesuítica del Paraguay. Por indicación de sus superiores estudia Lógica, Filosofía y Teología. En 1738 hace renuncia de sus bienes, y al año siguiente se ordena sacerdote. Luego, durante tres años, se prepara como misionero. Durante su estadía en Córdoba ejerció la medicina, ganando reconocimiento, e instaló la primer botica (farmacia) de esa ciudad. Por su prédica la Universidad de Córdoba introdujo cambios en los programas de los cursos de filosofía y ciencias.

Al terminar su preparación recorre, como misionero y médico, varias provincias. Entre 1740 y 1744 se desempeña en Santiago del Estero y Tucumán. Luego se lo destinó, con el Padre Cardiel, a fundar reducciones (poblaciones de indígenas convertidos al catolicismo) en la provincia de Buenos Aires, entre 1744 y 1747. La fundación de Nuestra Señora del Pilar, en la actual Sierra de los Padres, cerca de Mar del Plata, contaba con el apoyo del cacique local, pero debió abandonarla cuando los pampas se levantaron contra Buenos Aires.

Entre 1739 y 1779, el médico, naturalista y jesuita inglés Thomas Falkner recorrió la Patagonia y las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Tucumán. En 1760, Falkner realizó a orillas del río Carcarañá, el primer descubrimiento de restos de un gliptodonte. Dice Falkner (1974: 82-83): “En los bordes del río Carcarañá, o Tercero, como a unas tres o cuatro leguas antes de su desagüe en el Paraná, se encuentra gran cantidad de huesos, de tamaño descomunal, y que a lo que parece son humanos: unos hay que son de mayores y otros de menores dimensiones, como si correspondiesen a individuos de diferentes edades. He visto fémures, costillas, esternones y fragmentos de cráneos, como también dientes, y en especial algunos molares que alcanzaban a tres pulgadas de diámetro en la base. He oído decir que se hallan huesos como éstos en las orillas de los ríos Paraná y Paraguay, como lo mismo en el Perú. El historiador indígena Garcilaso de la Vega Inga hace mención de estos huesos en el Perú, y nos cuenta que, según la tradición de los indios, unos gigantes habitaban antiguamente estos países, y que fueron destruidos por Dios por el delito de sodomía”.

“Yo en persona descubrí la coraza de un animal que constaba de unos huesecillos hexágonos, cada uno de ellos del diámetro de una pulgada cuando menos; y la concha entera tenía más de tres yardas de una punta a la otra. En todo sentido, no siendo por su tamaño, parecía como si fuese la parte superior de la armadura de un armadillo; que en la actualidad no mide mucho más que un jeme de largo. Algunos de mis compañeros también hallaron en las inmediaciones del río Paraná el esqueleto entero de un yacaré monstruoso: algunas de las vértebras las alcancé a ver yo, y cada una de sus articulaciones era de casi cuatro pulgadas de grueso y como de seis de ancho. A hacer el examen anatómico de los huesos me convencí, casi fuera de toda duda, que este incremento inusitado no procedía de la acreción de materias extrañas, porque encontré que las fibras óseas aumentaban en tamaño en la misma proporción que los huesos. Las bases de los dientes estaban enteras, aunque las raíces habían desaparecido y se parecían en un todo a las bases de la dentadura humana, y no de otro animal cualquiera que haya yo jamás visto. Estas cosas son bien sabidas y conocidas por todos los que viven en estos países; de lo contrario, no me hubiese yo atrevido a mencionarlas.”

La primera descripción formal de un gliptodonte se realizó recién en 1838, cuando el naturalista inglés Sir Richard Owen, basándose en un espécimen hallado en el río Matanza --actual partido de Cañuelas, provincia de Buenos Aires--, fundó el género Glyptodon (al que a juzgar por la descripción, pertenecía la coraza descripta por Falkner) y la especie Glyptodon clavipes (Owen, 1838: 178).

En 1754 vuelve a Córdoba, donde entre 1756 y 1767, enseñó matemática en la Universidad de Córdoba. A él se debió en 1764, la fundación de la cátedra respectiva en la Universidad.

Fuera del ámbito universitario, tuvo una vasta actuación como médico y botánico. En esa ciudad mediterránea lo sorprendió la expulsión de los jesuitas. En junio de 1767 fue apresado y enviado al destierro, junto a otros cuarenta miembros de su orden, en aplicación de un decreto del Conde de Aranda, ministro de Carlos III de España. Fue enviado a Cádiz,España, de donde pasó a Italia y finalmente a Inglaterra. En su tierra natal se incorporó a la Provincia inglesa de la Compañía, prestando servicios de capellán en varias casas de la nobleza.

Su obra Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sur, de carácter etnográfico, que escribió en gran medida basado en su memoria. En esa obra incluye un mapa que actualizaba el conocimiento geográfico de la época; también contiene indicaciones claras y precisas sobre las ventajas de ocupar la Patagonia. La publicación despertó ansias de dominio en algunos gobiernos de Europa. Esto movió a las autoridades españolas a fundar en 1779 el fuerte de Carmen de Patagones.

Más tarde, en 1778, presentó Acerca de los Patagones, una obra que luego sería traducida por el padre Guillermo Furlong, y publicada en Argentina recién en 1956. Al momento de su muerte, el 30 de enero de 1784, había preparado otros cuatro volúmenes de dos obras que quedaron inéditas: Observaciones botánicas y de mineralogía de productos americanos, y un Tratado de enfermedades europeas curadas con drogas americanas.

Bibliografía Sugerida:

Cáceres Freyre, J. 1973. Precursores de la paleontología humana y animal en América del Sur y especialmente en el Río de la Plata. Contribuciones a la historia de la ciencia en la Argentina (de Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología Nº 7 pp.367-398), Ministerio de Cultura y Educación, Subsecretaría de Cultura, Buenos Aires, pp.1-32.

Cuvier, G., 1796. Notice sur le squelette d'une très-grande espèce de quadrupède inconnue jusqu'à présent, trouvé au Paraguay, et déposé au cabinet d'histoire naturelle de Madrid. - Magasin Encyclopédique, ou Journal des Sciences, des Lettres et des Arts 7: 303-310; Paris.

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El Origen de los Mamíferos Sudamericanos.

Autores: Eduardo Tonni y Ricardo Pasquali Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Departamento Científico de Paleontología de Vertebrados. Universidad Nacional de La Plata. Investigador de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires. Universidad CAECE – Departamento de Biología. Extraído de la revista "Educación de Ciencias". Volumen 2, N° 4. (Fragmento del articulo original).

La actual fauna de mamíferos terrestres sudamericanos se originó a partir de antepasados provenientes de otras masas continentales. El ingreso de estos inmigrantes ancestrales se realizó en oleadas, separadas entre sí por lapsos que se miden en millones de años, y estuvo regido principalmente por los lentos cambios geográficos debidos a la deriva de los continentes.

Hace unos 250 millones de años, a comienzos de la Era Mesozoica, existía en el planeta un solo continente, llamado Pangea, que estaba formado por la unión de todas las masas continentales. Durante el período Jurásico, unos 180 millones de años atrás, Pangea comenzó a fragmentarse y 40 millones de años después quedaba dividida en dos grandes continentes: Laurasia al norte, incluyendo a América del Norte y Eurasia, y Gondwana al sur. La separación de estos dos supercontinentes había originado lo que se conoce como Mar de Tethys.

De esta manera, la futura América del Sur formaba parte de Gondwana. Al norte estaba conectada con lo que más tarde sería África, y por el sur con lo que serían Antártida, Australia, Nueva Zelanda y las islas adyacentes.

La separación del continente sudamericano se inició hace por lo menos 130 millones de años, cuando quedó definido el Atlántico Sur como consecuencia de su lento alejamiento de África.

En el lapso comprendido entre 85 a algo menos de 65 millones de años atrás, a fines de la Era Mesozoica y principios de la Cenozoica, la aparición de cadenas de islas transitorias en el norte permitieron intercambios faunísticos ocasionales con América del Norte, por medio de los cuales ingresaron a Sudamérica los antepasados de los marsupiales actuales. Posiblemente en esta época llegaron los ancestros de los armadillos, provenientes de algún sitio de Gondwana.

Entre unos 40 a 8 millones de años antes del presente se produjo el más severo aislamiento de Sudamérica, que quedó convertida en un continente isla. Este largo aislamiento se vio parcialmente interrumpido hace unos 35 millones de años, o algo menos, por el ingreso a Sudamérica de los roedores y primates, quizá a través de balsas naturales, provenientes de las costas africanas.

Más tarde, durante el Mioceno tardío, unos 8 millones de años atrás, un sistema de islas en el Caribe y la deriva de los continentes permitió el intercambio faunístico entre Sudamérica y América del Norte. Finalmente, hace unos 3 a 2,5 millones de años se estableció una firme conexión interamericana a través del istmo de Panamá, dando origen al llamado Gran Intercambio Faunístico Americano, cuyos registros fósiles más antiguos datan de unos tres millones de años atrás.

El Gran Intercambio Faunístico Americano

A fines del Plioceno temprano Sudamérica deja de ser un continente isla. A partir de esa época los ocasionales intercambios faunísticos con América del Norte por medio de rutas de azar -por el agua en forma pasiva- son reemplazados por migraciones masivas, pero parcialmente selectivas, por tierra firme a través del istmo de Panamá.

En este intercambio a través del puente panameño ingresaron a Sudamérica miembros de las familias de los mustélidos -zorrinos-, tayasuidos -pecaríes-, cánidos -perros y zorros-, félidos –gatos silvestres y pumas-, úrsidos -osos-, camélidos -guanacos y vicuñas-, cérvidos -ciervos-, équidos -caballos-, tapíridos -tapires-, gomfotéridos -mastodontes-, heterómidos -ratas canguro-, esciúridos -ardillas-, sorícidos -musarañas-, lepóridos -liebres- y el hombre.

De Sudamérica emigraron hasta hoy hacia América del Norte integrantes de las familias de los dasipódidos -armadillos-, gliptodóntidos -gliptodontes-, mirmecofágidos -osos hormigueros-, hidrocoéridos -carpinchos-, eretizóntidos -puercoespines-, didélfidos -comadrejas-, megatéridos -perezosos terrestres-, toxodóntidos -toxodontes-, calitrícidos -monos tití-, cébidos -monos sudamericanos-, bradipódidos -perezosos arborícolas-, ciclópidos -ositos meleros-, dasipróctidos -agutíes- y equímidos -ratas espinosas-.

Marsupiales

Los marsupiales se caracterizan por poseer crías que nacen en un estado muy inmaduro. El desarrollo embrionario lo completan fuera del útero materno, en una bolsa o marsupio que rodea la zona mamaria. Debido a que el embrión no desarrolla una placenta, o ésta es sólo incipiente, los marsupiales forman parte del grupo de mamíferos no placentarios.

Se cree que los marsupiales pasaron de América del Norte a Sudamérica a través de una cadena transitoria de islas en el Caribe a fines del Cretácico. A través de la Antártida, los marsupiales habrían llegado a Australia donde adquirieron una extraordinaria diversidad. Para fines del Cretácico, en Sudamérica había varias familias de estos viejos inmigrantes, que quedaron registrados principalmente en yacimientos paleontológicos de Argentina, Perú y Bolivia.

Entre los primeros marsupiales que colonizaron Sudamérica había representantes de dos familias actuales: los didélfidos, en la que se encuentran las comadrejas, y los microbiotéridos, que incluyen a los monitos del monte. Una tercera familia, los protodidélfidos, habría dado origen a la familia de los cenoléstidos, representada actualmente por los ratones runchos.

La presencia en Sudamérica de los didélfidos y los microbiotéridos es continua desde fines del Cretácico. Estos dos grupos están entre las familias de mamíferos que poseen más larga existencia.

Para fines del Mioceno, los marsupiales didélfidos muestran una rápida expansión y una gran diversidad. Esto se atribuye a la ocupación de zonas dejadas vacantes por marsupiales carnívoros pequeños y medianos, de hábitos terrestres o semiarborícolas.

Armadillos, osos hormigueros y perezosos

Los armadillos, osos hormigueros y perezosos actuales pertenecen al grupo de los xenartros. La palabra xenartro, que significa articulación extraña, hace referencia a una articulación suplementaria que existe entre las vértebras de estos mamíferos. A su vez el nombre de edentados, como se denomina también a este grupo, tiene su origen en la reducción del número de dientes, que llega a ser total en el oso hormiguero. También se caracterizan por la falta de esmalte en sus dientes, con excepción de algunas formas primitivas.

Los xenartros o edentados se subdividen en cingulados, pilosos y vermilinguos.

Los cingulados o loricados están provistos de una armadura dérmica externa. Se subdividen en las superfamilias de los dasipodoideos, que incluye a los armadillos fósiles y vivientes, y de los gliptodontoideos. El caparazón de los dasipodoideos está formado por dos escudos, escapular -en la parte anterior- y lumbar -en la posterior-, que están separados por un cierto número de bandas transversales. Los gliptodontoideos, exclusivamente fósiles, se caracterizan por su caparazón formado por una sola pieza.

Los xenartros pilosos o tardígrados se caracterizan por poseer el cuerpo cubierto de un espeso pelo, sin una armadura como en los cingulados, aunque en algunas formas fósiles había un escudo óseo entre la piel.

Los vermilinguos presentan adaptaciones muy marcadas para alimentarse de hormigas, como ausencia total de dientes, cráneo cilíndrico y alargado con un largo hocico, mandíbula reducida a un par de varillas, capacidad de los miembros anteriores para excavar, lengua delgada, larga, pegajosa y retráctil. Al igual que los xenartros pilosos tienen el cuerpo cubierto de pelos. Hay especies de vida arborícola y otras que son terrestres.

Los armadillos

Posiblemente los armadillos fueron los primeros edentados que ingresaron a la actual Sudamérica desde algún sitio de Gondwana. Los armadillos más antiguos se hallaron en sedimentos del Paleoceno. En el Eoceno temprano alcanzan una diversificación considerable, registrándose catorce especies en Patagonia y el noroeste argentino.

A partir del Plioceno tardío se registran por primera vez géneros vivientes de armadillos, como Tolypeutes –quirquincho bola-, Chaetophractus –peludos- y Zaedyus –piches-.

Durante el Pleistoceno, este grupo de edentados cingulados estaba representado por las subfamilias de los eufractinos, dasipodinos, clamiforinos, priodontinos, eutatinos y pampaterinos.

La subfamilia de los eufractinos posee de seis a once bandas en el caparazón. Tanto el caparazón como la región inferior del cuerpo están cubiertos de abundantes cerdas. Esta subfamilia comprende a los géneros actuales Euphractus, Chaetophractus y Zaedyus. Al género Euphractus pertenecen los armadillos de seis bandas, mientras que Chaetophractus incluye al peludo -Chaetophractus villosus- y Zaedyus al pichi de Patagonia.

El género tipo de la subfamilia de los dasipodinos es Dasypus, al cual pertenece la mulita -Dasypus hybridus-. Si bien las formas actuales de esta subfamilia son relativamente pequeñas, en el Pleistoceno hubo dasipodinos de gran tamaño, como Propraopus grandis, que medía 1,20 metros en total.

Las subfamilias de los priodontinos, eutatinos y pampaterinos, junto con algunos representantes de los dasipodinos, incluyen a los armadillos más grandes del Pleistoceno. El mayor armadillo actual, el tatú carreta -Priodontes maximus-, pertenece a la subfamilia de los priodontinos. Este animal llega a medir 1,60 metros de largo total, de los cuales unos 0,50 metros corresponden a la cola. El caparazón del tatú carreta está desprovisto de pelos y posee una dentadura formada por 50 pequeños dientes.

Los eutatinos no tienen representantes vivientes. Estos enormes armadillos tenían el caparazón poco abombado y el escudo escapular no estaba bien diferenciado. El nombre de esta familia se debe al género Eutatus, que vivió entre el Plioceno tardío y el Holoceno temprano.

El género mejor conocido de la subfamilia de los pampaterinos es Pampatherium -animal de las pampas-, cuyos restos fueron hallados en sedimentos depositados entre el Plioceno temprano y el Holoceno temprano en Argentina, Tarija -Bolivia- y sur de Brasil. Su longitud total en algunas especies es de más de 2,5 metros.

Los perezosos arborícolas

Los perezosos actuales son edentados nocturnos, de tamaño mediano y vida arborícola. Permanecen la mayor parte del tiempo colgados de las ramas de los árboles, en posición invertida. Comprenden una sola familia, la de los bradipódidos, que incluye a los perezosos de dos y tres dedos, pertenecientes a los géneros Choloepus y Bradypus respectivamente. El nombre de esta familia proviene del griego bradys, que significa lento.

Algunos autores consideran que Bradypus y Choloepus son los últimos representantes de megatéridos y megaloníquidos, familias que incluyen a los grandes perezosos terrestres del Pleistoceno.

El registro fósil de estos edentados es muy incompleto.

Los osos hormigueros

El suborden de los vermilinguos comprende a las familias de los mirmecofágidos y de los ciclópidos.

Los mirmecofágidos incluyen a los géneros actuales Myrmecophaga y Tamandua, a los que pertenecen los osos hormiguero -Myrmecophaga tridactila- y mieleros -Tamandua longicaudata y Tamandua tetradactyla- respectivamente. Los restos fósiles de esta familia son escasos y fragmentarios, pero indican que las líneas filéticas de Myrmecophaga y Tamandua se diferenciaron entre sí en el Mioceno, a partir de un antepasado común. El género Myrmecophaga se conoce desde el Plioceno temprano de Argentina.

Actualmente, la familia de los ciclópidos incluye solamente al género Cyclopes, con la especie amazónica Cyclopes didactylus, conocida como osito melero. Otro componente de esta familia es Palaeomyrmedon, descripto por Rovereto en 1914, cuya especie tipo es conocida por un cráneo casi completo, de unos 10 centímetros de largo, procedente de sedimentos del Mioceno tardío de Argentina.

Roedores

Cerca de la mitad de las especies de los mamíferos actuales son roedores. Estos animales se caracterizan por poseer un par de incisivos largos, curvos, cubiertos de esmalte en la parte anterior y de crecimiento continuo, tanto en el maxilar como en la mandíbula; ausencia de caninos y un largo diastema -espacio sin dientes- que separa los incisivos de los premolares y molares.

Los más numerosos

El infraorden de los miomorfos es el más numeroso y diversificado. Los primeros miomorfos aparecieron en el Eoceno de Asia. Los roedores de este suborden que viven en la actualidad en Sudamérica pertenecen a las familias de los cricétidos y de los múridos. Estas dos familias forman parte de un grupo cuyos integrantes se caracterizan por carecer de premolares.

Los cricétidos están distribuidos en todo el mundo, aunque el mayor número de especies se encuentra en América. Son roedores de tamaño chico a mediano cuyos incisivos poseen, en algunas especies, color anaranjado. Las formas fósiles más antiguas se descubrieron en sedimentos eocenos de China. El nombre de esta familia se debe al hámster, Cricetus cricetus.

Los registros más antiguos de cricétidos sudamericanos corresponden al Plioceno temprano. Estos roedores son de origen norteamericano y está en discusión el momento de su ingreso a Sudamérica.

Actualmente, los cricétidos sudamericanos están representados, entre otros, por las ratas acuáticas -Holochilus y Scapteromys-, las ratas orejudas -Phyllotis-, las lauchas del género Calomys, los ratones de campo -Akodon-, los colilargos -Oryzomys-, las ratas conejo -Reithrodon-, los hocicudos -Oxymycterus- y los ratones topo -Notiomys-. Scapteromys, que incluye a especies actuales de tamaño relativamente grande llamadas vulgarmente ratas acuáticas, comienza a registrarse a partir del Plioceno tardío.

Los múridos están distribuidos en todo el mundo, especialmente en los lugares poblados por el hombre. Actualmente, esta familia está representada por los lirones, los jerbos del norte de África, las lauchas domésticas -Mus- y las ratas - Rattus-. Los fósiles más antiguos se conocen desde el Mioceno tardío en Asia y África. Estos roedores ingresaron a América a partir de los viajes de Colón.

Roedores autóctonos

Atlántico menos ancho que en nuestros tiempos, algunos roedores africanos ingresaron a Sudamérica a fines del Eoceno. No se sabe cuanto duró el largo viaje desde África, durante el cual no sólo los roedores iban colonizando las islas que se extendían hasta las proximidades de las costas sudamericanas, sino también algunos primates y hasta plantas, tales como las calabazas.

Rompiendo casi treinta millones de años de aislamiento del continente isla sudamericano, los roedores recién llegados tuvieron que competir con otros mamíferos autóctonos por sus nichos ecológicos. Gracias a la extraordinaria capacidad de proliferación y a la adaptabilidad a los más variados ambientes, los diminutos roedores se dispersaron por toda Sudamérica entre fines del Eoceno y el Oligoceno.

En el Oligoceno tardío los roedores presentaban una notable diversificación, reconociéndose siete familias que representan a las cuatro superfamilias en que se divide a los caviomorfos, los roedores más característicos de América del Sur: Octodontoidea, Chinchilloidea, Erethizontoidea y Cavioidea.

Los roedores de la superfamilia Octodontoidea son lo más primitivos de los caviomorfos. Estos roedores poseen ocho molariformes -premolares y molares-, de los cuales los superiores están provistos de cinco crestas. Actualmente los octodóntidos están representados, entre otras especies, por las ratas espinosas, los tucu-tucos, el coipo y la rata chinchilla. Durante el Plioceno temprano se registran por primera vez los antepasados de los coipos y de los tucu-tucos, roedores que pertenecen a las familias de los miocastóridos y los ctenómidos respectivamente. El género Myocastor, al que pertenece el coipo, aparece entre el Pleistoceno temprano y la base del tardío.

Los representantes actuales de la superfamilia Chinchilloideason las chinchillas y las vizcachas. Una de las características de estos roedores es la sencillez de sus molares. En Patagonia, durante el Mioceno temprano se registran por primera vez los roedores de la subfamilia de los lagostóminos, a la que pertenecen las vizcachas actuales. El género Lagostomus, que incluye a la vizcacha actual Lagostomus maximus, aparece por primera vez en sedimentos depositados en la parte inicial del Plioceno tardío.

A la superfamilia Erethizontoidea pertenecen los puercoespines americanos, de hábitos semiarborícolas o arborícolas. Estos roedores no se diferencian mayormente de las ratas espinosas -equímidos-, pero son mucho más especializados. Poseen patas muy modificadas para la vida arborícola y al igual que las ratas espinosas, tienen dientes con raíces. El cuerpo de estos roedores está cubierto por largas cerdas y rígidas púas. Los eretizóntidos poseen una talla considerable, ya que su peso oscila entre 1 y 15 kilogramos.

La superfamilia Cavioidea -cavioideos- incluye a los cuises, las maras o liebres patagónicas y al carpincho. La morfología dental es muy simple y generalmente está formada por triángulos continuos que en algunos géneros, como Hydrochoerus -carpinchos-, se transforman en láminas.

Los antepasados de las actuales maras o liebres patagónicas comienzan a registrarse en el Mioceno medio. Durante el Mioceno tardío se registran los primeros carpinchos de Argentina. Estos animales, que pertenecen a la familia de los hidrocoéridos, son actualmente los roedores de mayor tamaño. Esta familia, que se caracteriza por el gran desarrollo que alcanza el tercer molar superior, incluye a las subfamilias de los cardiaterinos y de los hidrocoerinos.

Los cobayos o cuises más antiguos provienen de sedimentos depositados durante la parte inicial del Mioceno tardío. El género actual Microcavia, al cual pertenece el cuis chico patagónico, existe desde el Plioceno temprano, mientras que Cavia y Galea, a los que pertenecen los cuises grande y mediano respectivamente, aparecieron recién en el Pleistoceno.

El género Dolichotis, al que pertenece la mara Dolichotis patagonum actual, aparece por primera vez en la parte inicial del Plioceno tardío.

Primates

Los platirrinos o monos del Nuevo Mundo se diferencian de los del Viejo Mundo, entre otras características, por las fosas nasales, que están más separadas y dirigidas hacia adelante en lugar de hacia abajo. Debido a lo pobre de su registro fósil, las relaciones de parentesco de los monos sudamericanos con otros grupos de primates y entre sí son las menos conocidas dentro del orden de los primates. La mayor parte de los platirrinos fósiles son conocidos solamente por dientes y mandíbulas aisladas. De unos pocos se conocen cráneos, los que generalmente carecen de dientes, están deformados o mal preservados.

Durante la parte final del Mioceno temprano, la presencia de abundantes y variados mamíferos corredores y pastadores, como así también la de algunos roedores, indican que en Patagonia existían amplias praderas. Sin embargo, el hallazgo de primates hace suponer que también existían zonas boscosas, pero no muy extensas, ya que no se encontraron restos de árboles. Pero el registro de monos también indica condiciones más cálidas que las actuales, suposición que se ve reforzada por el hallazgo de marsupiales cenoléstidos y osos hormigueros.

Carnívoros

En los carnívoros, los incisivos son relativamente pequeños y más o menos puntiagudos; los caninos, que a veces alcanzan un tamaño descomunal, son fuertes, puntiagudos y más o menos cortantes. Los molares posteriores de las formas de régimen alimenticio mixto, como los osos, son de corona baja y triturante, tuberculados. El cuarto premolar y el primer molar superiores de las formas de hábitos más claramente carniceros, principalmente en las recientes, tienen como función principal cortar la carne, recibiendo por esta razón el nombre de dientes carniceros.

Prociónidos

Una conexión archipielágica ocurrida hace unos 8 millones de años, durante el Mioceno tardío, hizo posible la inmigración desde América del Norte de los prociónidos antepasados de los actuales coatíes.

Los prociónidos constituyen una familia del orden de los carnívoros que incluye en Asia a los pandas y en Sudamérica a los coatíes, mapaches y ositos lavadores. Los prociónidos del género Cyonasua fueron los primeros carnívoros placentados de Sudamérica y se registran en sedimentos depositados en el Mioceno tardío de las provincias de Catamarca, Mendoza, Córdoba y La Pampa.

Chapalmalania era un gran prociónido que vivió durante la parte final del Plioceno temprano. Su aspecto habría sido parecido al del panda gigante.

Osos

Los osos fueron los mamíferos del orden Carnivora de mayor tamaño que ingresaron a Sudamérica durante el Pleistoceno. Posiblemente hayan ocupado el nicho ecológico de los grandes prociónidos del género Chapalmalania.

La única especie de la familia de los úrsidos que actualmente vive en Sudamérica pertenece al género Tremarctos, a la que se conoce como oso de anteojos o ucumari. Este oso habita en la zona montañosa del oeste de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Oeste de Bolivia, hasta los 3000 metros de altura.

Originario de América del Norte, el género Arctodus incluye a osos pleistocénicos de cara corta -como el actual oso de anteojos- cuyo tamaño era comparable al enorme oso pardo de Alaska. En Sudamérica dio origen a los subgéneros Arctodus (Arctotherium), al que pertenecen especies de gran tamaño, y Arctodus (Pararctotherium), con especies más pequeñas.

Mustélidos

Esta familia está formada por carnívoros pequeños a medianos, delgados y alargados, de patas muy cortas y cola bien desarrollada. Muchas especies tienen a los lados de la abertura anal unas glándulas que emiten secreciones pestilentes. Las subfamilias que viven en Sudamérica son los mustelinos, galictinos, lutrinos y mefitinos.

Los mustelinos actuales son conocidos vulgarmente como mustelas o comadrejas. Los galictinos incluyen a hurones. La presencia del huroncito patagónico en el Pleistoceno tardío de la provincia de Buenos Aires, como de otras especies adaptadas a climas áridos a semiáridos y bajas temperaturas, indica que las condiciones ambientales eran en esa época similares a las que reinan actualmente en Patagonia y en la región central de Argentina.

La subfamilia de los mefitinos incluye a los zorrinos En sedimentos probablemente referibles al Pleistoceno temprano y medio de las barrancas de la costa atlántica, entre Mar del Plata y Miramar se registra el zorrino Conepatus altiramus. Este zorrino posiblemente es ancestral a las especies posteriores del género Conepatus, al que pertenecen todos los zorrinos vivientes de Sudamérica.

Félidos

La familia de los félidos está representada actualmente por las subfamilias de los panterinos y de los felinos. En Sudamérica, la subfamilia de los panterinos incluye al jaguar o yaguareté -Panthera onca-, mientras que la de los felinos comprende al puma -Felis concolor-, al ocelote o gato onza -Felis pardalis-, al tirica o gato tigre -Felis tigrina-, al margay -Felis wiedii-, al gato pajero -Felis colocolo-, al gato andino -Felis jacobita-, al gato de Geoffroy o montés -Felis geoffroyi-, a la huiña -Felis guigna- y al yaguarundí -Felis yagouaroundi-.

Las formas fósiles incluyen además a la subfamilia de los macairodontinos, representada por los especializados "tigres de dientes de sable" del género Smilodon. Los macairodontinos eran félidos, generalmente de gran tamaño, provistos de enormes caninos superiores transformados en formidables defensas.

El género Felis aparece en el Pleistoceno temprano. Felis vorohuensis, procedente de los alrededores de Mar del Plata, era un felino pequeño relacionado con el actual gato pajero. Del Valle de los Reartes, en la provincia de Córdoba, proviene Felis pumoides, una especie de tamaño grande emparentado con el puma. Otra especie semejante al puma era Felis propuma, descripta por Ameghino en 1904. En sedimentos depositados entre el Pleistoceno tardío y el Holoceno temprano se registran algunas especies extintas, como Felis platensis y Felis longifrons, y otras vivientes, como el yaguareté.

En el extremo sur de Patagonia habitó hasta hace unos 11 mil años, y quizá después, una subespecie de gran tamaño de yaguareté, Panthera onca mesembrina, descripta por Ángel Cabrera.

Uno de los félidos más espectaculares de las Américas fue Smilodon populator, que tenía aproximadamente el mismo peso y tamaño que el león actual; sin embargo, sus proporciones corporales diferían de las de cualquier félido moderno. Las extremidades posteriores de Smilodon populator eran más cortas y robustas, su cuello proporcionalmente más largo, y el lomo más corto.

La extraordinaria peligrosidad de Smilodon se debía al gran desarrollo de la parte anterior de su cuerpo y al tamaño asombroso de sus caninos superiores, que llegaban a sobresalir más de quince centímetros. A diferencia de la mayoría de los félidos, tenía un rabo corto, como el lince o el gato montés actual. Todo su cuerpo tenía una estructura poderosa y los músculos de los hombros y del cuello estaban dispuestos de tal manera que su enorme cabeza podía lanzarse hacia abajo con gran fuerza. Las mandíbulas se abrían formando un ángulo de más de 120 grados, permitiendo que el par de los inmensos dientes de sable que tenía en el maxilar superior se pudiera clavar en sus víctimas.

Cánidos

Una buenas parte de los cánidos sudamericanos actuales pertenecen al género Lycalopex, como el zorro de las Islas Malvinas - Lycalopex australis- extinguido en la década de 1870, el zorro gris de las pampas - Lycalopex gymnocercus-, el zorro gris chico de Patagonia - Lycalopex griseus-, el zorro inca - Lycalopex inca- y el zorro colorado - Lycalopex culpaeus-.

Otros géneros actuales son Chrysocyon y Cerdocyon, a los que pertenecen el aguará-guazú -Chrysocyon brachyurus- y el zorro del monte -Cerdocyon thous-.

En el Plioceno tardío de la costa atlántica de la provincia de Buenos Aires se registra el género Lycalopex. Algunos cánidos posteriores eran de gran talla, como Canis gezi y Theriodictis platensis. Otros, de menor tamaño, correspondían al grupo de los zorros sudamericanos, representados por Cerdocyon ensenadensis y por Lycalopex proplatensis, que están relacionados con el zorro del monte y con el zorro gris de las pampas.

En el Pleistoceno tardío se siguen registrando cánidos de gran talla, como Canis ameghinoi, Canis nehringi y una forma muy particular, Lycalopex avus. También están presentes varias especies de zorros, como el gris de las pampas.

Lycalopex avus se registra desde mediados del Pleistoceno hasta el Holoceno temprano de Chile y Holoceno tardío de Argentina. En ambos países se recuperó de sitios arqueológicos asociado con fauna extinguida y también con fauna actual La aparición de caracteres compartidos con el perro doméstico, Canis familiaris, en algunos especímenes de Lycalopex avus, sugiere que hubo cruzas entre ambas especies. Esta hibridización sería responsable de la variabilidad observada en el perro doméstico prehispánico.

Perisodáctilos

Los perisodáctilos son mamíferos ungulados en los que el plano medio de las patas pasa por el tercer dedo. Este dedo es el más desarrollado y asegura el apoyo del cuerpo. Actualmente incluye a las familias de los équidos, tapíridos y rinoceróntidos.

Los équidos ingresaron a Sudamérica durante el Gran Intercambio Faunístico Americano y se extinguieron, junto con otros mamíferos, durante el Holoceno temprano, unos 8500 años atrás.

Tapíridos

En estos perisodáctilos la región nasal, junto con el labio superior, se prolonga en una trompa de gran movilidad. Con la trompa no sólo olfatea sino que la utiliza como órgano prensil para alcanzar hojas o brotes altos. Los tapires tienen el cuerpo en forma de torpedo, lo que les facilita el desplazamiento en la selva. Poseen una crin que al erizarse cumple una función intimidatoria en la pelea entre los miembros de la misma especie. Las extremidades anteriores poseen cuatro dedos y las posteriores tres.

En Sudamérica, la mayor área de distribución corresponde a la especie Tapirus terrestris, que incluye a varias subespecies. Habita en el nordeste de Argentina, casi todo Brasil, Bolivia, Paraguay, este de Ecuador y Perú, las Guayanas, Venezuela y Colombia.

Los registros más antiguos del género Tapirus en Sudamérica corresponden al Pleistoceno temprano de Argentina y probablemente de Perú y Bolivia. El registro fósil sugiere que los tapires terciarios de Europa y Asia se separaron tempranamente de los americanos, y que las especies sudamericanas Tapirus pinchaque y Tapirus terrestris tienen un origen relativamente reciente.

Artiodáctilos

Estos ungulados tienen dos dedos especialmente desarrollados, el tercero y cuarto, entre los que pasa el plano medio de las patas. Estos dos dedos tienden a ser los únicos que tocan el suelo y los otros dos generalmente quedan en el aire, con una tendencia a atrofiarse.

Los artiodáctilos que ingresaron a Sudamérica durante el Gran Intercambio Faunístico Americano pertenecían a las familias de los tayasuidos, camélidos y cérvidos.

Tayasuidos

El suborden de los artiodáctilos suiformes -palabra derivada del griego sus, que significa cerdo- incluye actualmente a los pecaríes, cerdos e hipopótamos. Los pecaríes pertenecen a la familia de los tayasuidos.

La articulación entre el cráneo y la mandíbula de los tayasuidos es tal que apenas permite un movimiento vertical de la mandíbula, imposibilitando los movimientos laterales. Los caninos son menos desarrollados que en los jabalíes, arqueados o rectilíneos y verticales, y no sobresalen cuando tienen la boca cerrada.

Los tayasuidos viven actualmente en Sudamérica y el sudoeste de América del Norte. Las formas fósiles se registran desde el Oligoceno en América del Norte. Son animales muy versátiles que viven en ambientes muy variados, desde zonas casi desérticas hasta bosques lluviosos tropicales. Actualmente existen dos géneros: Tayassu y Catagonus. El primero incluye a Tayassu tajacu -pecarí de collar- y Tayassu pecari -pecarí labiado- y el segundo a la especie Catagonus wagneri -chancho quimilero-, que se lo consideraba extinguida hasta 1975.

El área de distribución del pecarí de collar es muy amplia, desde el sur de los Estados Unidos hasta el centro de Argentina. El chancho quimilero vive en el Chaco paraguayo, donde se lo redescubrió en 1975, en Bolivia y en Argentina. En este último país está distribuido en el oeste de las provincias de Chaco y Formosa, este de Salta y Santiago del Estero. El chancho quimilero era conocido por unos restos hallados por dos hermanos de apellido Wagner en unos túmulos prehispánicos de la provincia de Santiago del Estero, Argentina, descriptos por Carlos Rusconi en 1934 como Platygonus wagneri.

De acuerdo al registro fósil, los pecaríes fueron unos de los primeros mamíferos norteamericanos que ingresaron a Sudamérica cruzando el puente panameño. Son los artiodáctilos más antiguos de América del Sur.

En Sudamérica, los pecaríes de mayor antigüedad son Argyrohyus chapalmalensis, exclusivo de la parte final del Plioceno temprano, y Platygonus, género que se registra entre la parte final del Plioceno temprano y el comienzo del Pleistoceno temprano.

Las especies del género Platygonus eran más grandes que las actuales, con miembros más alargados y didáctilas, con los dedos laterales reducidos a vestigios insignificantes. En América del Norte se lo conoce del Plioceno tardío y Pleistoceno. En Argentina, este género está representado por Platygonus uquiensis y Platygonus kraglievichi, ambos de Jujuy.

Camélidos

Los camélidos son artiodáctilos rumiantes de pelaje largo y lanoso, y cuello y patas muy largas. A diferencia de otros artiodáctilos, los camélidos apoyan gran parte de los dedos al caminar, y no solamente las puntas. Actualmente están representados por los géneros Camelus en Asia y en el norte de África y Lama en Sudamérica.

Actualmente el guanaco habita en el área cordillerana de Sudamérica, desde el norte de Perú hasta Tierra del Fuego e isla Navarino. Se lo encuentra en áreas abiertas, con suelos bien drenados, arenosos o pedregosos, tanto en altura como al nivel del mar. No hay datos que certifiquen su presencia en zonas bajas, pantanosas o con escaso drenaje. Esto hace que el guanaco sea un excelente indicador ambiental y climático. Las investigaciones realizadas por Tonni demostraron que durante el Pleistoceno tardío y parte del Holoceno, el guanaco habitó en todo el territorio de la provincia de Buenos Aires, y que su retracción actual se debe a cambios climáticos.

Los registros más antiguos del género Lama corresponden a una especie indeterminada hallada en la provincia de Buenos Aires en sedimentos depositados en el Plioceno tardío.

Cérvidos

Los cérvidos actuales de Sudamérica pertenecen a la subfamilia de los odocoileinos, que incluye al pudú del sur -Pudu puda-, el pudú del norte -Pudu mephistophiles-, la corzuela roja -Mazama americana-, la corzuela parda - Mazama gouazoubira-, la corzuela enana -Mazama rufina-, el huemul -Hippocamelus bisulcus-, el huemul del norte o taruca -Hippocamelus antisensis-, venado de las pampas -Ozotoceros bezoarticus- y ciervo de los pantanos -Blastocerus dichotomus-. Los primeros registros del venado de las pampas corresponden al Pleistoceno tardío.

En sedimentos del Pleistoceno temprano y medio se registran algunos cérvidos muy peculiares, como Epieuryceros, descripto por Florentino Ameghino en 1889, y en el Pleistoceno tardío por algunos géneros extintos, como Morenelaphus y Antifer.

Bibliografía

M. T.Alberdi, G. Leona y E. P. Tonni (editores). Evolución biológica y climática de la región pampeana durante los últimos cinco millones de años. Un ensayo de correlación con el Mediterráneo occidental. Madrid, Museo Nacional de Ciencias de Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1995, Monografías 12.
 
A. L. Cione y E. P. Tonni. Bioestratigrafía y cronología del Cenozoico superior de la región pampeana. En M. T.Alberdi, G. Leona y E. P. Tonni (editores): Evolución biológica y climática de la región pampeana durante los últimos cinco millones de años. Un ensayo de correlación con el Mediterráneo occidental. Madrid, Museo Nacional de Ciencias de Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1995, Monografías, 12: 48-74.
 
Osvaldo Reig. Teoría del origen y desarrollo de la fauna de mamíferos de América del Sur. Mar del Plata, Museo Municipal de Ciencias Naturales "Lorenzo Scaglia", 1981, Monografía Naturae, Nº 1.
 
George Gaylord Simpson. Evolución y geografía. Buenos Aires, EUDEBA, 1964.
 
Eduardo P. Tonni y Ricardo C. Pasquali. Fauna sudamericana..Una historia de 65 millones de años. Buenos Aires, edición de los autores, 1997.
 
Eduardo P. Tonni y Ricardo C. Pasquali. Mamíferos fósiles. Cuando en la pampa vivían los gigantes. Buenos Aires, edición de los autores, 1998.

 


Patagonia: continente a la deriva.

Por Susana Gallardo ** Centro de Divulgación Científica, Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.

El conocimiento científico, muchas veces, va a contramano del sentido común. Hace 500 años, la humanidad debió empezar a aceptar que la Tierra no era el centro del universo. Luego se estableció que el nuestro era sólo un planeta más, que giraba alrededor de una estrella, en el interior de una de las tantas galaxias en el universo. Ya en el siglo XX, se supo que la tierra firme no era tan firme, y que los continentes se movían, unos milímetros por año, y, con el tiempo, chocaban entre sí. Ahora, nos enteramos de que la Patagonia no estuvo siempre unida a América del Sur, continente que es resultado de la unión de bloques que se fueron acoplando a lo largo de millones de años.

Según la teoría conocida como tectónica de placas, los fragmentos de corteza que conforman la superficie de la Tierra se encuentran en permanente desplazamiento, a una velocidad de alrededor de 2 centímetros por año. Esta teoría explica la formación de las cadenas montañosas y el hecho de que los terremotos y los volcanes se concentren en regiones concretas del planeta. Según esta teoría, hace alrededor de 1000 millones de años todos los continentes que conocemos en la actualidad formaban un supercontinente llamado Rodinia. Este, a través de sucesivas fragmentaciones y colisiones, dio lugar al supercontinente de Pangea, que se amalgamó a los 230-250 millones de años. Con posterioridad se dividió en dos partes: Gondwana, al Sur, y Laurasia, al Norte.

TERRA INCOGNITA

La Patagonia siempre estuvo rodeada por un halo de misterio, era una tierra poco explorada y desconocida. Uno de los que más hicieron por describirla fue el perito Francisco Moreno, a quien ya a fines del siglo XIX le había llamado la atención que la flora de la Patagonia era mucho más parecida a la de Australia y Nueva Zelanda que a la del resto de América del Sur. Entonces propuso que la Patagonia no era parte de nuestro continente. “Lo que dijo el perito era correcto, pero por razones equivocadas”, comenta el doctor Víctor Ramos, profesor en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.

Lo que había sorprendido al perito Moreno eran los bosques de Nothofagus (coihues y lengas), que crecen a lo largo de la cordillera, hasta Tierra del Fuego, y son los mismos que aparecen en Nueva Zelanda y Australia. Pero la Patagonia y la Antártida estuvieron unidas mucho antes de que aparecieran los bosques de Nothofagus, y el hecho se funda en pruebas geológicas y paleontológicas.

“Si se quería afirmar que la Patagonia había sido un bloque independiente, era necesario buscar dónde estaban los arcos magmáticos, es decir, la línea de volcanes que debieron generarse en el sitio donde ese bloque colisionó con América del Sur”, señala Ramos, que también es investigador del Conicet y director del Instituto de Estudios Andinos “Don Pablo Groeber”, que funciona en la FCEyN.

A la altura del río Colorado, precisamente, hay un arco volcánico que atraviesa la Patagonia y pertenece al Paleozoico superior.

Esa explicación se le ocurrió a Ramos en 1984, mientras estaba de campaña, en plena cordillera, y una fuerte nevada lo obligó a permanecer durante varios días en el interior de la carpa. Le sobraban las horas, así que se puso a escribir un trabajo que luego presentaría en Bariloche, en el noveno congreso de geología.

A partir de ese momento, la novedosa teoría se convirtió en objeto de discusión en todas las reuniones científicas. Y comenzaron a surgir numerosas hipótesis alternativas. Si bien se aceptaba ese carácter alóctono de la Patagonia, los geólogos no se ponían de acuerdo sobre el lugar preciso donde se había producido la colisión. Algunos la ubicaban a la altura de la desembocadura del río Deseado, en la provincia de Santa Cruz. Claramente, más al sur de lo que Ramos había propuesto.

TESTIGOS FÓSILES

Mientras la discusión se intensificaba día a día, en especial en estos últimos cinco años, se producía un hallazgo que contribuiría a dar fin a la disputa. En efecto, en la zona de El Jagüelito, una localidad en la provincia de Río Negro, cerca de Sierra Grande, el doctor Pablo González, investigador del Conicet, encontró restos fósiles de arqueociátidos, unas esponjas primitivas, de forma cónica y unos pocos centímetros de longitud. Era la primera vez que se encontraban, en América del Sur, estos organismos que son exclusivos del período Cámbrico inferior (570 a 536 millones de años atrás). Según Ramos, “son excelentísimos fósiles guía”, y proceden de los Montes Transantárticos, una cadena montañosa que divide a la Antártida en dos partes, una occidental y otra oriental, con historias geológicas diferentes.

El hallazgo de los arqueociátidos hizo pensar que estos organismos tuvieron que viajar desde la Antártida de algún modo. “Antes del hallazgo, las opiniones estaban divididas, pero, ahora, el 80 por ciento de los geólogos reconoce el área del río Colorado como el lugar donde se produjo la unión de la Patagonia”, subraya Ramos. Los organismos hallados en El Jagüelito testimonian que la Patagonia estuvo pegada a la península antártica, y ambas chocaron juntas con Gondwana alrededor del Paleozoico superior. Además, esta colisión repercutió en las sierras de la Ventana, que se plegaron a causa del impacto.

Lo cierto es que rocas de similar antigüedad que se hallan, por ejemplo, en Brasil, no presentan el plegamiento de esas sierras. La forma en que están plegadas indica que estuvieron enterradas y a temperaturas muy altas, procesos que resultan de la colisión de dos bloques continentales.

El Paleozoico superior empieza hace unos 360 millones de años, y termina 250 millones de años atrás. La primera unión de la Patagonia y esta parte de Gondwana se dio a los 300 millones de años. En ese momento se produjo el inicio del choque, que continuó hasta los 250 millones de años.

LA PRUEBA DE LOS CIRCONES

Además de los arqueociátidos, hay otra comprobación que refuerza la hipótesis: el análisis de los sedimentos que acompañan a aquellos fósiles. En esos sedimentos se hallaron circones, unos minerales muy duros y resistentes que pueden fecharse con precisión con la ayuda de técnicas modernas.

Maximiliano Naipauer, investigador en el Departamento de Ciencias Geológicas de la FCEyN, hizo la comparación entre los circones de la Antártida y los que aparecían junto a los arqueociátidos de El Jagüelito, y pudo demostrar, con un 80 por ciento de certeza, que estaban emparentados, según destaca Ramos. Ambos presentan antigüedades de unos 500 millones de años.

Lo cierto es que no se han hallado arqueociátidos en otras regiones del continente. “Desde hace unos cien años los paleontólogos los vienen buscando intensamente. En la precordillera de San Juan hay extensas calizas, llenas de fósiles, pero entre ellos no se los encontró”, dice Ramos. Cuando la Patagonia chocó con Gondwana, a la altura del río Colorado, hace unos 300 millones de años, la península antártica estaba unida a ella. La separación se produjo alrededor de los 160 millones de años, poco antes de que comenzaran a emerger los Andes.

“En 1984, cuando presenté, en el congreso de Bariloche, la hipótesis del origen alóctono de la Patagonia, la conferencia tuvo lugar en un cine, que estaba colmado, y no sólo había geólogos sino también no especialistas, vecinos de la ciudad que se interesaron en el tema. Fueron discusiones muy acaloradas”, recuerda Ramos.

Y agrega: “Un amigo me hacía notar que tres años antes yo había afirmado todo lo contrario, porque había defendido la continuidad entre los arcos magmáticos pampeanos y los de la Patagonia”.

Pero Ramos le respondió a su amigo con una frase de Florentino Ameghino, que decía: “Cambiaré mis ideas tantas veces como sea necesario y los datos así me lo permitan. Dejaré de investigar el día en que no pueda cambiar mis hipótesis”.


Animales raros de la Megafauna Sudamericana, la Macrauchenia.

Por Ari Iglesias. Investigador de CONICET, con tema principal en Paleobotánica. Se desempeña en INIBIOMA (Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente). Profesor en la Universidad Nacional del Comahue con sede en Bariloche. ari_iglesias@yahoo.com.ar. Publicado originalmente en: anbariloche.com.ar. Reproducido y adaptado para grupopaleo.com.ar.

El Cenozoico fue denominado la era de los mamíferos. Luego de haber desarrollado fantásticas y diferentes formas durante el Mesozoico, los reptiles sufrieron una drástica reducción en sus grupos con la mega-extinción a fines del Cretácico (hace 65 millones de años). Las distintas formas de reptiles poseían diferentes roles en las cadenas alimentarias. Ese cupo ecológico (denominado "nicho ecológico") fue rellenado paulatinamente por diferentes formas de mamíferos en el Cenozoico. Los mamíferos dominan los ambientes continentales por los últimos 60 millones de años. Hoy los encontramos en ambientes tan diferentes como selvas, praderas, debajo del suelo (viviendo en cuevas), habituados al ambiente acuático (ríos, lagos y pantanos) y hasta marinos (como por ejemplo las ballenas, delfines y los lobos marinos).

Para el Cenozoico, las temperaturas globales fueron muy diferentes a las del Mesozoico. Los mamíferos, que habían comenzado su evolución conjuntamente con grandes reptiles, encontraron su momento de gloria en el Cenozoico. Fue allí cuando no solo encontraron cupos ecológicos vacíos, sino que además, su capacidad de auto-generar calor corporal (aspecto fisiológico) y poder aislar las bajas temperaturas (ejemplo: por su cubierta de pelo) les confirieron capacidades óptimas para vivir en una Tierra muy diferente a las del Mesozoico.

Los mamíferos radiaron en centenares de grupos diferentes. Los continentes que antes se encontraban unidos, en el Cenozoico se separaron aún más y en cada continente diversos grupos de mamíferos se desarrollaron con formas particulares. América del Sur es un ejemplo paleontológico reconocido a nivel global. Fue por mucho tiempo un "Continente Isla", aislado de todos los otros continentes, sin la posibilidad de ser influenciado por grupos desarrollados en los otros lugares. De esta forma en América del Sur se tuvieron grupos muy diversos de mamíferos con formas completamente distintas al resto del mundo. Esto duró por mucho tiempo, hasta que se estableció la conexión continental con el América del Norte por medio de América Central. Fue entonces cuando los dominantes grupos en América del Sur sucumbieron ante la llegada de los poderosos mamíferos del norte.

Los Mamíferos Ungulados de América del Sur, una historia extinta

Uno de los más grandes grupos de mamíferos desarrollados en América del Sur, fueron los denominados Notoungulados. Tuvieron tan diversas formas que aún hoy encontramos fósiles nuevos que nos sorprenden. Se desarrollaron en formas muy pequeñas y otras gigantescas. Fueron denominados así por apoyarse sobre el suelo con sus uñas (ungulado) y ser un grupo netamente desarrollado en América del Sur (Noto = Austral en latín). Vivieron por más de 55 millones de años, pero todos se extinguieron. Los últimos llegaron a convivir con el hombre primitivo en América del Sur hace 8.000 años.

Uno de los grupos de Notoungulados más extraños fueron los Litopterna, un grupo caracterizado por ser herbívoros con formas que llegaron a gran tamaño. Dentro de ellos, un grupo evolucionó en formas muy parecidas a grandes caballos o camellos. Si bien no tienen ninguna vinculación genética con los verdaderos caballos, ni con los camélidos. Se le dio el nombre de Macrauchenia a una forma muy peculiar, que poseía dientes muy particulares, con muelas grandes con agujeros de formas muy curiosas.

La Macrauchenia, ¿un guanaco prehistórico?

La Macrauchenia no era un guanaco, ni una llama ni un camélido, pero se le parecía bastante. En el momento que pobló las praderas sudamericanas, los guanacos aún no existían en América del Sur. La Macrauchenia era un ungulado de largo cuello y patas elongadas. Tenía tres dedos en cada pata y al apoyar solo la parte terminal le confería la capacidad de correr tan rápido como un moderno caballo (los caballos hoy en día solo corren con un solo dedo).

El cráneo de la Macrauchenia si bien aparenta ser similar al de un guanaco, era muy diferente. Sus dientes se disponían en forma cortante, seguramente para alimentarse de hojas y de pasturas. Vivió en un periodo de tiempo de mucho volcanismo, por lo que estaba adaptada a ingerir abundante ceniza volcánica con la herbívora y a desgastar sus dientes sin que por ello se quedara desdentada.

Pero lo más curioso del cráneo de la Macrauchenia no eran sus dientes, sino la posición de las narinas en el esqueleto.

Tenía dos grandes aberturas en posición muy dorsal, como la de los delfines y ballenas. Prácticamente por encima de sus ojos. El estudio anatómico por paleontólogos indicó que muy probablemente se debiera a la presencia de una trompa, con lo cual las fosas nasales comienzan a salir antes del fin del cráneo. Probablemente tuvieron una pequeña trompa como la que hoy tienen los tapires.

En la sala del Centro Cívico de la Secretaría de Cultura de Bariloche, el Museo Paleontológico Bariloche expone desde esta semana, el calco del cráneo de una Macrauchenia. Allí es posible observar los caracteres del cráneo de tan fantástico animal prehistórico.

Las Macrauchenias se extendieron por todo el Continente de América del Sur, se registraron fósiles en toda la Patagonia, el Sur de Chile y hasta en Antártida. Fue el único grupo de Notoungulado que sobrevivió al gran intercambio americano. Más aún, las Macrauchenias lograron expandirse hasta alcanzar México.

Convivieron con los grandes Toxodóntidos (similares a hipopótamos) y las "aves del terror" (Fororracos), que vivieron en las praderas húmedas de la localidad de Comayo. Fueron cazados por los terribles "Dientes de Sable" y varios otros carnívoros de la época. Pero es muy probable que el hombre haya contribuido a su extinción, pues los cazadores habrían aprovechado su carne. Restos de Macrauchenia fueron encontrados en un asentamiento humano del Holoceno, hace unos 8.500 años, donde huesos quemados hallados en los antiguos fogones demuestran que su carne fue usada como alimento.


 

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